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por Esteban Brizuela.

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“Este libro es una suerte de exploración sobre la literatura argentina del siglo XXI”. Podríamos agregar: una suerte de “mapa político” de la literatura argentina. De eso se ocupa el crítico Maximiliano Crespi en su ensayo Los infames. La literatura de derecha explicada a los niños (Editorial Momofuku): de explorar y mapear la producción literaria de los últimos años; de discutir los presupuestos ideológicos que están detrás de las obras; de polemizar sobre los posicionamientos políticos que se deslizan en novelas de autores jóvenes y no tan jóvenes.

Crespi es doctor en Letras e investigador del CONICET, y ya publicó libros como El revés y la trama. Variaciones críticas sobre David Viñas, y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales. En este nuevo libro se habla sobre escritores como Selva Almada, Martín Kohan, Federico Falco, Carlos Godoy, Carlos Busqued, Mauro Libertella, Aurora Venturini y tantos otros. También sobre algunos críticos como Beatriz Sarlo y Elsa Drucaroff.

¿Quiénes son los infames? ¿Qué es hoy una literatura de derecha? ¿Quiénes representan la literatura progre? ¿Qué ideologías trasuntan en la obra de nuestros autores más celebrados? Hay muchas preguntas para hacer. Pero comenzamos esta entrevista hablando de una foto que está en la última página de Los infames. Una fotografía en donde se lo ve sentado al lado de una biblioteca, mirando un gato y con un libro en la mano.

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 Si los paratextos de un libro no son casuales ni inocentes, ¿por qué en la foto que acompaña tu biografía, al final del libro, apareces leyendo La larga revolución de Raymond Williams?

Es cierto. El escritor debe responder incluso por lo que no decide. El conjunto de datos significantes hace al contexto histórico, siempre es a la vez social y conceptual. Al final de ese libro que mencionás, Williams sostiene que el pulso vital de la larga revolución se apoya en la convicción de que los hombres pueden abrirse paso en su propia vida a través de las restricciones y las presiones de las formas sociales hegemónicas para dar lugar a formas nuevas: es el optimismo de la voluntad. El pesimismo de la inteligencia le hace ver también que, aun cuando no se pueda invertir radicalmente la tendencia hegemónica, siempre es posible –aunque no sea cómodo– sostener una posición disidente. Aun en su condición marginal, la crítica tiene una función. Esa función no es la de distinguir entre textos aburridos y divertidos o entre textos más o menos bellos. El trabajo crítico –creo– debe constituir un razonamiento socialmente útil. En mi caso, se trata de interrogar el conjunto de significados y valores que los textos presentan frente a las contradicciones reales que perturban o subliman.

Está claro que en el libro lo desarrollas, pero para quien todavía no ha podido leerlo, ¿quiénes son los infames de la literatura argentina y por qué utilizas esa expresión?

Vale la pena repetirlo, aun cuando desde el comienzo del libro se insiste especialmente sobre ese tópico: los infames –como los progresistas y los reaccionarios– no son los sujetos sino las posiciones ideológicas que determinan los proyectos estéticos. En este sentido, muchas veces los textos militan en posiciones contrarias a las que los autores profesan o creen profesar –los casos de Almada, Ronsino y Libertella son en este punto bastante significativos. Infames son pues, siempre bajo este punto de vista, las apuestas “realistas” de Federico Falco, Diego Erlan, Luciano Lamberti, Carlos Godoy o Francisco Bitar, por citar sólo algunos. La infamia del realismo infame se articula en una doble sedición respecto del realismo literario previo. Rechaza el énfasis pedagógico en la condición realista y en la obligación moral (heroica) de dar testimonio por esa realidad que se presume como única verdad. Pero también rechaza el énfasis en la condición literaria, por el cual las apuestas estéticas más modernistas justifican canónicamente su insufrible afectación y su patética inutilidad como un valor en sí.

¿Por qué crees que prima el realismo en la literatura argentina? Pareciera que todos los escritores son realistas de algún modo….

No creo que ese primado se acote sólo al pequeño coto de caza de la literatura argentina. El realismo y la ciencia ficción constituyen hoy día formas rápidas de sutura imaginaria ante la imagen de una realidad volátil, siempre fragmentada, y una identidad sometida a una crisis permanente, cada vez más vulnerable en un contexto histórico marcado por la destrucción y el expolio. El realismo crea el espejismo a partir del cual una realidad se superpone con un orden. Crea una ilusión de estabilidad en la radicación de un punto de vista que ordena y estructura un espacio y un proceso temporal constante. El realismo infame pone abiertamente en entredicho esos señuelos de estabilidad y consistencia.

Cuando dialogas en Los infames con otros críticos literarios, te refieres a Beatriz Sarlo y hablas de una “lenta agonía de un modelo de percepción crítica”. ¿Qué elementos son caducos de esa percepción, según tu punto de vista?

Al menos dos. Por un lado, el punto de vista de que la literatura es o debe ser un discurso privilegiado sobre otros discursos y leído y valorado a partir de un conjunto de reglas de autolegitimación en el círculo de baba de una esfera. Y por otro, el punto de vista de que lo importante de la literatura sea la permanencia y no la contingencia. Sarlo valora que entre lo que ella llama etnografía aflore todavía algo de literatura. Es una mirada reaccionaria que fetichiza una imagen de la literatura. En función de eso, busca la permanencia y da valor a lo residual que sobrevive en lo nuevo. En una palabra: se resiste a ver lo que hay de nuevo en lo emergente.

En este libro creo que te propones “pensar la presencia de lo nuevo”, y utilizo aquí una expresión que está en el libro. ¿Qué desafíos y qué atractivos tiene para vos esa operación?

Pensar la presencia de lo nuevo en lo nuevo es tratar de pensar lo que circula por debajo de lo que vemos como natural en el presente. En un largo ensayo que publiqué hace un tiempo, y finalmente no incluí en el libro, titulado “Quién de nosotros escribirá el ¿Qué es esto?”, yo describía –con cierto tono paródico– la serie de contorsiones inútiles que en Kirchnerismo, una controversia Horacio González hacía para tratar de incorporar a la tradición de la única verdad un texto como la Escolástica peronista ilustrada de Carlos Godoy. Tras esas dificultades se afirmaba una verdad que, por cierto, no era la verdad que sostiene la intervención crítica de González. Recién escribiendo el borrador final de Los infames pude entrever que esa resistencia a la pedagogía era un síntoma de retracción ante un obvio agotamiento ideológico en el modelo de interpelación y elaboración del relato sobre lo público. En ese sentido, el libro es en sí mismo un diagnóstico que un poco cuesta admitir. Habría que ver si la emergencia de ese realismo infame no era ya en cierto modo un síntoma de la crisis y la incapacidad de reformulación crítica del paradigma ideológico frente al cual hoy se sostiene la emboscada pospolítica. Somos responsables por lo que leemos, pero también por lo que nos resistimos a leer.

En un fragmento hablas de “lecturas que produzcan sentidos nuevos”. ¿Son los realistas infames los que te han despertado esos nuevos sentidos?

No sé si esto se puede responder de otro modo que en el desarrollo de una lectura. Podría plantear brevemente al menos una en la que empiezan a despuntar estos nuevos sentidos. Tiene que ver con la manera en que estas nuevas apuestas estética trabajan la función fetichista en el escenario lavado de un mundo posideológico. No es casual que en textos tan disímiles como los de Mauro Libertella, Diego Erlan y Carlos Godoy prevalezca un insistente trabajo con el fetiche que termine por abrir el horizonte de la ficción a un relato siempre subrepticio. El nombre del padre (enajenado), la letra de una canción que se repite para no decir nada, el esqueleto armado sobre la cama de los padres, la colección de piezas inservibles en el cuarto de un retrasado mental. Lo que se cuenta es la condición del sobreviviente. Lo que está en juego no es ya del típico proceso formal en que el fetiche entraña una transferencia de la negación al objeto fetichizado, sino el momento en que el fetiche materializa la propia resistencia positiva al saber, esto es, el rechazo a la aceptación resignada de identificar lo que es con lo que se sabe.

Te enfocas mucho en “los contenidos ideológicos que expresan las obras” de la literatura que analizas. ¿Cuál es tu aparato crítico para detectar y poner en evidencia esos contenidos?

La pregunta no es fácil de contestar. Pero tampoco entraña ningún secreto: Freud y la larga tradición de la crítica marxista, desde el incómodo Lukács a Jameson, Eagleton y Zizek.

Considero que hay mucha ironía en tu libro. Y hay espacios sociales en los que nuestra generación participa (Twitter por ejemplo) en los que la ironía funciona todo el tiempo. ¿Te parece que la ironía es una marca de esta época muy presente en la “nueva literatura”? ¿Puede existir hoy una crítica o una literatura sin ironía?

Posiblemente la haya, como un dejo de la época. Pero tengo la sensación de que es un libro bastante frontal en lo que son sus posiciones fundamentales. Me interesa la ironía en tanto funcione como recurso de un dispositivo crítico. Cuando se convierte en un valor en sí se vuelve no inútil sino justamente cómplice con las ideologías naturalizadas. Las redes sociales alimentan el vértigo sobre el que muchas veces se produce una escalada de ironía que es un poco alucinatoria. Cuando uno abre ahí el grifo del ironista compulsivo corre el riesgo de que el sentido de los enunciados quede supeditado a la afectación del personaje. Como diría un amigo, en esa trenza diabólica se ahorca una parte importante de nuestra generación. Es un ejercicio imaginario, divertido y por momentos disolvente de cierta costra ideológica naturalizada. Pero es también un campo fértil para los canallas, los oportunistas, los anarquistas de Recoleta y los cazadores furtivos de columnas de opinión. En términos generales, creo que el éxito del ironista es simétricamente proporcional a la derrota de la inteligencia. • Revista Cabeza

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