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por Belén.

“¿Por qué no hablas?” es un interrogante que me formularon tantas veces como relaciones sociales intenté emprender.

“Porque no quiero” es lo que a veces me atreví a decir.

“Porque no puedo” es la mera respuesta que nunca pronuncié.

La timidez es, sin más, el acto de no poder. No es sólo callar u ocultar pensamientos e ideas que fluyen con igual (o mayor) rapidez que en “los demás”; sino es, literalmente, la opresión de no poder expresarlos en el momento debido.

“Tímida” es una etiqueta con la que cargué durante años y aparenté que no me pesaba en absoluto, y quizás fuera verdad: no pesaba, hería.

“Tienes que tratar de cambiar” es una frase consabida y detestable que nosotros, los “tímidos”, hemos oído también hasta el hartazgo. Y, partiendo desde allí, del dolor e incluso la vergüenza tácita (nunca dicha, porque el tímido nunca dice), surgen otros cuestionamientos internos y más introspectivos que hacen a uno devanarse los sesos en busca de respuestas que no deberían ser formuladas y que, por ende, nos frustra no hallar. ¿Por qué seré así?

A mi temprana edad he luchado contra cada mote habido, por haber y otros tantos inventados exclusivamente para mí. “Gorda”, “Calladita”, “De ‘mal carácter’” que me valieron mil complejos que requieren mil relatos más, pero ninguno de ellos me aquejó tanto como que me encasillaran siempre con ésa maldita etiqueta.

“A ver, que diga algo la mudita” me dijo Juan, un compañero de tercer año, mientras grababan (“ellos”, siempre ellos) un video jocoso en una hora libre de clase. Escucharlo se tradujeron en horas de llanto que solo mi madre oyó, uno que se diferenció del de mis fracasos literarios, una mala nota o no caber en un jean. Este llanto ardía, porque Juan, todos los Juan con los que me topé en la vida, habían dado en la tecla justa. Yo era (soy, me dice un furcio interno) ésa mudita.

Ahora bien, me gustaría mentirles y decir que a partir de esas experiencias traumáticas me asumí a mi misma como la tímida absoluta que era y se me bifurcaron los caminos: el de “salida” o permanencia eterna.

Pero, amigos lectores, no fue tan simple.

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La lucha “contra” la timidez (expresión que le valdría a Freud un festín) es gradual, como la misma característica lo es. No se nace con el don desgraciado de la timidez; ni tampoco se acaba con ella tan naturalmente. Se emprende un proceso casi de recuperación en el que el sujeto comienza a exteriorizarlo todo paulatinamente. Las palabras de otros tantos como Juan me sentaron años en el diván de distintos terapeutas que intentaron, o dicen haberlo hecho, romper con el círculo del silencio. Intenté con técnicas de meditación (mindfulness, la preferida de mi psiquiatra) ante situaciones sociales; simulacros mentales (“imaginalos sin rostro, Belén), y hasta ejercicios tan cotidianos y en extremo complejos para mí como llamar a la puerta de mi psicóloga y decir “estoy aquí”.

Métodos que comenzaban y acababan en un fracaso estrepitoso. Y yo, frustrada, mediocrizada y además tímida, no lo comprendía. No sabía cómo actuar como ellos. No sabía, a fin de cuentas, cómo ser.

La solución no se presentó hasta que asumí que no era un problema, y que por ello no podía resolverlo. La timidez, me explicó María Emilia, es una característica, un rasgo de la personalidad que se manifiesta en diferentes grados conforme a los demás factores que, conjugados, forman nuestra personalidad definitiva. Recuerdo que de esa sesión ambas salimos satisfechas: María Emilia tenía su plus y yo una explicación.

Aquello fue fugaz. Porque con los años, de vida, ya no de terapia, comprendí que era mucho más que un simple rasgo dado o recibido al azar: era construido.

La timidez es, como mencioné anteriormente, un proceso en el que se conjugan pensamientos, ideas, preconceptos y prejuicios sobre uno y los demás que acaban implosionando, y ésa es la clave, en el sujeto que lo atraviesa.

Pero no es un problema.

Durante años intenté escapar de un laberinto que, como el del Fauno, siempre creí que me esperaba un monstruo voraz (o un Juan con una cámara) dispuesto a aniquilarme definitivamente.

Hoy, a mis dieciocho años y con una casuística que hubiera deseado no tener, les respondo que no hay Fauno, que el laberinto tiene salida por el mismo hecho de no ser real, y, de que, a su vez, existe una posibilidad de emprender una vía nueva.

Que Juanes van a haber cientos, pero sólo uno, el tímido lector constante, puede contra todos sus dichos, que “salir” es gradual y posible, pero que no hacerlo, que asumirse mudo y preso de las palabras no dichas, también es emprender la retirada hacia la normalización de las relaciones sociales.

Que Juan siempre va a estar ahí, inmerso en vos, pero que es tarea de cada día enfrentar su cámara y hablar. • Revista Cabeza

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3 pensamientos en “El acto de no actuar: la timidez

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