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Por Omar Layús Ruiz (@NOLachus)

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Panfleto de convocatoria por la absolución de Callejeros, el 24 de septiembre de 2015 en Santiago del Estero.

Siempre que se habla de juventudes me preocupa más poner el ojo en los que invierten demasiado tiempo en estigmatizarlos en lugar que en los propios jóvenes porque, como sabemos, para una numerosa porción de la sociedad, el joven es un agente de caos, apático, desinteresado por cualquier esfera de la vida social. Sin embargo, en el caso de la tragedia del boliche República Cromañón, flota sobre los adolescentes una historia mal contada, que no es más que el producto de un devenir histórico en el que determinadas lógicas son puestas en escena a través de un lente perverso y mal enfocado.

Pesa sobre la escena del rock argentino –al igual que en la política partidaria- una tradición heredada del fútbol, que habita en los públicos y que está enquistada en algunas maneras de habitar el campo rockero. Una lógica tribunera, peligrosa, que pone al artista el segundo plano, por detrás de la autocelebración del público. No estamos descubriendo la pólvora. Seguimos mostrando, como se puede ver, una forma mal entendida de convivir con la espesa sopa del rock, que lamentablemente es heredada por las nuevas generaciones de jóvenes.

La relación entre una determinada edad vital y el rock es tan vieja como el género musical mismo. Desde sus primeros años, el rock siempre ha sido un arma de transgresión, de ausencia de límites o de ruptura de los mismo, una herramienta de fractura. Es en esta etapa el momento en el que solidifican mecanismos de identificación, se erigen identidades políticas, sexuales, religiosas, culturales. Es más probable que gestos artísticos se perpetúen en el espíritu adolescente durante los años de juventud, que a lo largo de la llamada “vida adulta”. Es por ello, quizá, que cuando parece trastocarse el equilibrio del territorio íntimo de los héroes, aparezcan gestos y expresiones que busquen mantener el tambaleante status quo de la subjetividad juvenil.

Las chicas y chicos quieren rock. Adoran el punteo de la guitarra de L.A. Spinetta en Seguir viviendo sin tu amor, sueñan con ver a Las Pastillas del Abuelo para sumergirse en una trance cannábico que les es completamente ajeno, darían su vida para que los Redondos se vuelvan a juntar y pintan las banderas de su división con los colores de la fe rastafari. También es probable que hayan escuchado hablar de República Cromañón, de que murieron un montón de chicos, y que lo más probable es que los políticos y la policía hayan tenido la culpa. Pintan sus muros de Facebook con frases como ‘La música no mata’ o corean ‘…a los pibes los mató la corrupción’ cada vez que es necesario mostrar un gesto de transgresión revolucionaria frente a la chica más linda del curso.

Vayamos por partes: efectivamente, la música no mata -como de la misma forma ni la crisis ni la corrupción matan-, los que matan son personas que agitan el cubo y juegan a los dados con la muerte y la tragedia. Ni las letras ni las melodías pueden matar a nadie. Es cierto que, en el mejor de los casos, las canciones pueden generar atmósferas agradables, convertirse en vehículos de resistencia o ser usadas como punta de lanza en causas sociales, políticas y contraculturales. En segundo lugar, como se ha comprobado: el boliche República Cromañón superaba por mucho la capacidad que el lugar tenia habilitada (para ser más exactos, había el triple de gente que debería haber estado), incluso se había improvisado una suerte de guardería para niños; tanto los organizadores como los miembros de la banda estaban al tanto de ello; se pagaron coimas –y por lo tanto, se recibieron coimas- de las que el propietario del local, Omar Chabán, su mano derecha, Raúl Villarreal, Patricio Santos Fontanet y el representante de Callejeros, Diego Argañaraz, estaban enterados. Quien estuvo encargado de cobrar la coima fue un subcomisario, Carlos Díaz. Esta cuestión hizo que los miembros de Callejeros tramaran durante el juicio dejar solo al representante de la banda para cargarle todas las responsabilidades y culpas. Después de eso Fontanet salió a pedir su libertad, en Facebook. Trascendió, además, que los miembros de Callejeros esquivaron la posibilidad de hacer su espectáculo -que incluía el uso de las bengalas- en un lugar abierto porque las habilitaciones eran más complicadas y Cromañón se mostraba como un lugar más laxo a la hora de tramitar permisos. Callejeros escondió entre sus instrumentos varios elementos de pirotecnia, que estuvieron dentro del boliche aquel 30 de diciembre de 2004.

Durante el juicio, los miembros de Callejeros acordaron dejar librado a su suerte al representante de la banda. Tiempo más tarde, Patricio Santos Fontanet decidió militar por la libertad del ex manager.

Durante el juicio, los miembros de Callejeros acordaron dejar librado a su suerte al representante de la banda. Tiempo más tarde, Patricio Santos Fontanet decidió militar por la libertad del ex manager.

Ni los funcionarios públicos que debían delegar el control hicieron su trabajo, ni las autoridades policiales que debían procurar la seguridad pública del evento hicieron su trabajo, ni el dueño del local hizo su trabajo, ni los miembros de la banda hicieron su trabajo. Ya conocemos el resultado: 194 chicos muertos. La corrupción, entonces, no es exclusividad de la clase política. La corrupción es una fiebre que impregna a toda la sociedad. Un hecho en el que no sólo hubo víctimas e inocentes, sino que también hubo culpables, tragedia y administradores de la tragedia.

Sin embargo, nada de ello parece movilizar un llamado a pensar Cromañón desde las nuevas generaciones. El negocio está en otro lado, en vender discos, en reproducir el molde del rock futbolizado y homofóbico. La lógica tribunera, la arenga machista que te interpela a ‘poner huevo’ y ‘tener aguante’ empobrece un debate que tiene más improvisados que conocedores. La tragedia de República Cromañón es un bosque que tapa un bosque. Una densa capa de ideas imaginarias que ubica a las piezas de este ajedrez demencial dentro de los encastres de la corrección política. Una suerte de catálogo acartonado que dice que la clase política está conformada por los malos más malos de los malos; que los organizadores y el propietario del local son igual de malos porque transan con los que son más malos que ellos, y en el escalón más impoluto, casi al lado de las víctimas fatales: están los músicos, esos seres sobrenaturales a los que una supuesta sensibilidad los ubica en un terreno superior al de cualquier mortal.

Son ellos y sus canciones la herramienta de la libertad, la inocencia y la calma, por el sólo hecho de estar ahí, en una tarima de un metro y medio de altura. Es innegable, por supuesto, la riqueza emocional y sensible que se puede hallar en la expresión artística de García, de Spinetta, de Miguel Abuelo. Pero apelar a esa parte de la cuestión implica a veces caer en el rebaño de los que sufren la actualidad del gesto estético más reciente en nombre de una supuesta y añorada Edad Dorada a la que prefiero no acercarme. Sin embargo, es en este caso, ese hecho artístico el que convoca a cientos de jóvenes a tomar partido por el opaco e imaginario eslabón más débil. Es difícil quemar catedrales sin antes librar una batalla interna. Más difícil aún es convertir en villanos a esos héroes personales que llegan al cerebro adolescente en forma de canción, en forma de disco, en forma de remera. Existe en este mapa de la tragedia un camino impenetrable, obturado por el denso yuyal de una épica tan hueca como sus adherentes. ¿Qué absolución demandan? ¿Bajo qué justificativos?

Esa apelación al bardo, a la geografía cálida del barrio, la condensación a la transa, la supuesta lógica aguantadora, la que conduce a estos pibes de hoy a un camino tan errado como el que empujó a 194 a meterse en un Vietnam irretornable, porque era menester que sea rock.

Por un caminito del costado camina, trastabillando, la tragedia más imborrable de mi generación. • Revista Cabeza.

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