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por Juan A. Leguizamón (@jalnuevemil)

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La performance denominada de “pos-porno” en un área común de circulación de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (Sede Constitución) puede encontrarse fácilmente en los diarios, en las redes sociales y revistas digitales de estos días, junto a los ingentes comentarios y opiniones. Fue organizada en el marco de los llamados “Miércoles de placer” del Área de Comunicación, Género y Sexualidades de la carrera de Ciencias de la Comunicación.

La hipótesis aquí es que fue un hecho mediático. También puede decirse que fue un hecho de performance artística que devino en mediático, pero sería quedarnos cortos y atarnos a lo irrepetible del acto (que no presenciamos, además) y dejar de lado el batiburrillo mediático donde manda la repetición, la reproductibilidad técnica de la obra/acto, y que es lo que acabó por estallarlo en una dimensión moral y política extra-cátedra. Nadie lo vio pero todos comentan, o nadie lo presenció pero todos lo vieron.

Inspirados en S. Hall podemos ubicar las reacciones a la mediatización pos-porno en tres grandes grupos: 1. El horror, la vergüenza, el rechazo; 2. Se acepta pero no en ese ámbito o no de esa manera o un aspecto sí pero otro no; 3. Se aprueba la capacidad de ruptura. Una cuarta posible: “no quiero saber nada de eso”.

Probablemente la acción tuvo esos fines, es decir: irrumpir, provocar, disparar un debate. Pero además la mediatización tiene imponderables cuando no está controlada y, por lo general, suele ser incontrolable en la era de las redes instantáneas de difusión descentralizadas y sin edición (Twitter, Facebook, Instagram, Vine, ahora Whatsapp) que multiplican la dimensión de lo público-mediático.

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Concretamente lo que ocurrió tuvo la forma mediática de un volante digital, tres o cuatro fotografías de la acción, un video de seis segundos de un celular (desde la red social Vine hacia las otras); luego circularon fotos de un papel con un texto impreso a manera de manifiesto y de una ronda de debate áulico (todos vestidos como en una clase cualquiera). Se cuenta que ese día y en ese lugar la performance “realmente” duró 40 minutos y que luego hubo un debate áulico de unas dos horas. Ahí ese día lo habrán presenciado unas 20 o 30 personas (aproximado según las fotos); pero en las redes, diarios, noticieros lo vieron miles y se desató la polémica generalizada en todos los medios existentes.

Pero ¿a quién le importa cuánto duró la acción o el debate en el aula? No se sabe. Para disparar la opinión los elementos difundidos fueron suficientes: escándalo, declaraciones oficiales de todo nivel, posteos a favor y en contra, comentarios en redes, artículos digitales sobre arte, política, etcétera, todo al calor de la circulación sin fin de esas imágenes: de la mediatización.

Podría haber sido un acto del “arte de los medios” de los años 60 (E. Costa, R. Jacoby, R. Escari) pero la diferencia es que allí se producía directamente un “hecho mediático”: elaboraban en sus casas una gacetilla de prensa sobre un hecho que no tuvo lugar “fuera del papel”, pero que al enviarse a los periódicos tomaba estado público y existía como tal mediáticamente. En la actualidad las performances artísticas otorgan el mismo estatus de producción autoral tanto a la acción como a su registro (que es lo que queda de ellas) e incluso hay performances que consisten en su registro en video o fotografía y solamente eso se exhibe al público.

Sin posibilidad de acceso a lo irrepetible de la acción, crece un discurrir con base en la mediación de las imágenes del hecho o el “acontecimiento” (qué diría Badiou…) y al final del día nada queda fuera del discurso, el campo tenso y conflictivo de los diferendos culturales, morales, políticos y -ya que estamos- sexuales.

Al mismo tiempo circularon fotografías de una escena saturada de sexo del exitoso programa televisivo Bailando por un sueño: la puesta en escena de un acto sexual en el baile, en escenografía de granja, con desnudos totales prácticamente. Algunas líneas para una contraposición estética, política y mediática entre las fotos de la performance y la del Bailando por un sueño:

a. Fotos y un micro-video de teléfono que se suben a las redes sociales contra una producción televisiva altamente controlada;

b. Una queda recortada a un fragmento tal vez no elegido por los autores mismos, el otro entrega un espectáculo completo sin cortes;

c. Una (se) pierde en la mediatización (o suma un elemento aleatorio más post-performance), mientras el otro gana con la mediatización misma.

d. Una abre una huella de polémica con final abierto, el otro siempre cierra en ganancia con el escándalo.

e. En uno escenas sexuales sin sonido, el otro la pareja de baile de cuerpos modelados escenificaron sexo en clave hetero-normativa con ritmos de alcance popular como el reggaetón.

f. En una penetración con un micrófono-falo y en el otro “simulación explícita” del acto sexual con desnudos.

g. Un estética punk contracultural en el espacio reservado en la retícula social para la educación y la cultura superiores, versus cultura popular/ cultura de masas televisiva.

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Sabemos de la indulgencia de la que goza el conductor del show televisivo y, por otro lado, de la reprobación pública/ consumo privado de la pornografía ordinaria conocida como tal. Esta acción pos-porno movió el eje de las escenas del cine triple X hacia una performance en vivo en un escenario inesperado y desde ese espacio público académico hacia los medios. Esto opera una disrupción en las cajas ordenadoras en las que se acostumbra a poner los cuerpos sexuados. Se puso el cuerpo de esta manera en un espacio como el universitario donde precisamente se suele negar el cuerpo en favor de la mente. Si bien se dijo que ahí ese mismo día la intelectualidad arropó el acontecimiento, en la mediatización queda solamente un breve carrusel de imágenes de una especie de “inadecuación” o “profanación” del cuerpo sexual en el “templo” del saber o del intelecto (la universidad) a diferencia de otros espacios donde el cuerpo cotiza y encaja mejor socialmente como en la televisión popular, el espectáculo de revista, el baile, los deportes o incluso un festival de arte.

La experiencia del acontecimiento puede ser vaga, abstrusa, provocar sensaciones indescriptibles, pero ocurre en el “convivio” presencial y compartido como señala Jorge Dubatti a propósito del hecho teatral: no puede mediatizarse, sucede con la presencia viva de los actores y los espectadores reunidos en un espacio socialmente habilitado para que “eso ocurra”: el teatro o el museo en el caso de la performance. La diferencia básica entre la performance y el teatro es que la primera suele implicar el cuerpo del artista en acción sin enajenarse en un personaje ficticio, no tiene parlamentos y no se sabe bien adónde lleva; mientras que el teatro suele ser una “representación” de personajes, donde las acciones están previamente marcadas, con un libreto y dentro del rango de los géneros de la tragedia y la comedia.

Vivimos en un mundo de palabras e imágenes. Es la red que nos constituye, nos libera y también nos atrapa. Hablamos de acontecimientos que no vivimos, que no experimentamos, pero es lo que hacemos normalmente desde hace días, años o centurias. Nacemos en un mundo cultural ya significado, interpretado, en un mundo de segunda mano. Hace rato que nos debatimos entre palabras y ahora mucho más entre imágenes, mudas o no. Sin embargo, estamos habituados a los discursos y no se notan como tales, se transparentan como el aire. Por ejemplo: en nuestro mundo cultural lo sexual es lo que no hay que hablar o mostrar, pero es omnipresente en el discurrir social.

En la carrera de Comunicación Social tenemos que aprender a tomar en cuenta la dimensión “discursiva” de la realidad (dicho esto como si hubiese otra, es una discusión sin fin) y es algo que les suena a humo a quienes creen firmemente en lo palpable, duro y carnal de los hechos puros sin mediaciones de ninguna clase. No tenemos el privilegio de acceder directamente a la realidad de los hechos, excepto cuando comprobamos verdades evidentes tales como, por ejemplo, “el té está caliente” o “el sol gira alrededor de la tierra” (!) Es campear la incomodidad del lema nietzscheano que reza “no existen los hechos, solo las interpretaciones”. Pero ¿qué es este hecho, en sí mismo? El abismo es el acontecimiento bruto sin discursos que lo constituyan, signifiquen, armen, desarmen, discutan, aprueben o rechacen (¿hay algo así?) Hace siglos que queremos la verdad desnuda y ésta viene siendo vestida y desnudada una y otra vez. La nuda veritas, técnicamente, tendría la forma del deseo.

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Somos máquinas de producción discursiva que habitamos máquinas de producción discursiva. La máquina puede ser una figura imaginaria de algo tangible, con fierros, aunque internet hoy es un ejemplo de maquinismo menos literario. Los hechos están ahí pero no están ahí sin el ropaje casi instantáneo y “humano, demasiado humano” de alguien que los mira, piensa y habla.

La mudez de la perplejidad, el anonadamiento, quedarse sin palabras, el quiebre íntimo del habla en el límite de lo decible, el agujero negro por donde huye el alma en turbación… De esto suele tratar la estética filosófica como la experiencia de lo sublime. De Immanuel Kant [invertido]: “llamamos gustosos sublimes a esos objetos porque elevan [bajan] las facultades del alma por encima [por debajo] de su término ordinario”. Más aquí Frederick Jameson define lo sublime como el “horror y estupor” ante un hiperrealismo de un mundo posmoderno dominado por las imágenes.

En este caso estamos saturados de palabras, llenos de discurso, plagados de sentencias y enunciados. Por todas partes hay algo para decir de esto, o bien algo “debe decirse” de esto porque “no puede quedar así”, hay una urgencia por poner discurso donde hay crudeza. Sin embargo, no había crudeza cuando la acción era parte de un dispositivo de discurso político o político sexual, de politización de la sexualidad o de sexualización de lo político. El tema es que esta acción tuvo dos vidas: una en el campo situacional del placer/saber y otra en la explosión mediática que la posiciona en el ámbito de la “moralis”, de los usos y costumbres sancionadas socialmente.

Si aceptamos que Baudrillard nos haya despedido de lo real todo esto quedaría en la atmósfera mediática plagada de invectivas, frases manidas y elogios lanzados a una masa que todo lo disuelve. La producción discursiva recaería vuelta y vuelta en la “im-producción” como un neologismo para el olvido. La dialéctica se reescribiría como tesis – antítesis – olvido o indiferencia.

El golpe de las imágenes de la performance quedará en la nube mediática como una especie de atentado menor de alto poder moral. La performance y el debate áulico quedarán en el recuerdo de los asistentes presenciales, cuya memoria a su vez será afectada por la explosión mediática. Todo en un embudo de escándalo, moralización, sanciones o celebraciones.

Los cuerpos importan como sostiene Judith Butler, pero la nueva provocación ahora mismo es que en la mediatización los cuerpos no importan, los objetos no importan (si es que importaron alguna vez). Sólo importa lo que se hace con ellos, en este caso: lo que se muestra de ellos, lo que se dice de ellos. Una nueva crudeza: la mediatización. ¿Y la realidad? La realidad es esto. La verdad tal vez sea lo contrario a la realidad, algo como la búsqueda de una inmediatez extática de lo real -ilusión indecible entre las máquinas mediáticas que operan a pleno entre el ser y el acontecimiento- o bien el descenso del amor, que siempre es discursivo, a los oscuros entresijos de la pulsión -algo que suele ocurrir de vez en cuando.- • Revista Cabeza

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Un pensamiento en “POST POS-PORNO. Apuntes sobre la mediatización.

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