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Por Esteban Brizuela (@brizuelaesteban)

“Ante la evidencia de instituciones que atrasan y se vuelven disfuncionales, los jóvenes sencillamente resignifican lo político-social en el marco conceptual de la tecnología que define a su generación”

Fernando Peirone

“Sé que al año me voy a avergonzar de saltar como tarada mental en el patio mientras los demás me miran…”

Tweet de Jo March (@vickyrrea),  31 de mayo de 2014

Chicos saltando, miles y miles de papelitos, música fuerte (rock, marcha, guaracha), gritos de aliento, manos levantadas, adolescentes en los hombros de otros adolescentes,  miles y miles de papelitos, flashes de celulares, flashes de cámaras de fotos, tambores y redoblantes.  “Aguante la Promo”, gritan desaforados. Miles y miles de papelitos que inundan el piso. Y muchos mayores (padres, profesores, rectores, preceptores, curiosos) mirando atónitos una fiesta colectiva que no les pertenece.

Más o menos así es la ceremonia singular que viven los estudiantes que cursan 5° año en Santiago del Estero. Ese ritual que en las escuelas todos conocen como  “presentación de buzos”, pero en la jerga de ellos, de los adolescentes, es simplemente “La Presentación”. Así, con mayúscula.

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Si queremos simplificar mucho la cuestión, diríamos que hay dos actitudes que un docente puede asumir ante determinadas conductas de los estudiantes: una actitud paternalista que mire con resignación ciertas prácticas de los chicos y que concluyan con un “ya les va a pasar la estupidez y van a aprender lo que es la vida”; o una actitud un tanto más comprensiva que intente cierta empatía pero sin caer en la demagogia o en la concesión fácil. Vayamos por ese segundo camino.

Hace cuatro años que como profesor asisto a las famosas “presentaciones”. Pero más que la ceremonia en sí, más que los saltos y los papelitos que vuelan por doquier, me interesa todo lo que ocurre alrededor de esta fiesta, todo lo que la rodea. El antes y el después.

Ordenemos las ideas por puntos:

La preparación

Todo empieza desde el inicio de clases del último ciclo lectivo que cursan. Y ojo, antes también. Conozco chicos de 4° año que ya están juntando dinero para “La presentación”. Ponen 5 pesos todos los días. Yo les digo que con la inflación esa plata va a valer mucho menos el año que viene. Pero ni pelota me dan. Lo cierto es que la expectativa se genera con demasiada antelación. Estar en quinto es lo más, es aquello que los otros no pueden entender, es un sentimiento, es una experiencia intransferible. Todo genera mucha adrenalina y así empiezan las discusiones, los grandes debates y peleas acerca de los colores de buzos y camperas. ¿Verde o gris? ¿Rojo o azul? ¿De algodón o acetato? ¿Buzo o campera? ¿La capucha del mismo color? ¿Con el nombre en letras grandes o chicas? ¿Con esta empresa o con aquella? Debates tensos. Gritos. Acusaciones. Amistades que se resienten.

 La creatividad

Lo verdaderamente impresionante de ver es la creatividad de los adolescentes puestas al servicio de este ritual (“La presentación”). El ingenio y tiempo invertidos son descomunales. Banderas con diseños particulares, carteles con slogans de los más variados, estéticas definidas de acuerdo a una idea. Uno no puede dejar de pensar en el rendimiento académico magistral que tendrían si invirtieran el 50 % de esa creatividad para estudiar, pongamos, ciencias naturales. Pero no. Por razones que desconozco, eligen poner toda su energía y su potencia creativa en este par de horas en que saltan y saltan sin parar. De una cosa no quedan dudas: las ideas sobran y el ingenio florece. Pero solo cuando ellos tienen ganas.    

El desconcierto

Los docentes no entendemos mucho esa pasión irrefrenable de los estudiantes por estar en quinto. No la entendemos por una cuestión obvia: pertenecemos a la generación donde era importante estar en el último año de la secundaria pero no tenía ni por cerca la dimensión casi mística que adquirió desde, aproximadamente, hace cinco, seis o siete años.  Nuestro desconcierto se refleja en las charlas de sala de profesores. Se escuchan frases: “eso deberían prohibir en las escuelas”. “Me tienen podrida con el corte de papelitos”. “Rectora haga algo”. “No veo la hora que pase esta tontera”. Otros apoyan la iniciativa: “Son chicos, están entusiasmados”. “Ojalá les salga lindo”.  No falta quien muestra la resignación: “Y bueno… qué vamos a hacer”. Habrá que ver qué pasa cuando empiecen a ser mayoría los docentes de las nuevas camadas que ya hayan pasado en la secundaria por aquel ritual. Es decir, cuando les toque a esos mismos que enloquecieron por un  buzo, estar del otro lado. Obvio que ya hay algunos docentes que pasaron por esa doble experiencia. Aunque aún son minoría. Veremos dentro de unos años. Lo seguro es que tendrán más herramientas que nosotros para entender.

El día “D”

Y un día, llega la fecha tan esperada. Es la apoteosis. El momento sublime, el mejor día de sus vidas. Me cansé de leer a chicos que dicen que ese, el día de “La Presentación”, fue el “mejor día de sus vidas”. Ok. Tal vez lo dicen llevados por la adrenalina del momento. Pero lo dicen y lo repiten sin cansarse. Yo me froto un poco los ojos pero no leo mal: el mejor día de sus vidas, qué lo tiró… Pareciera que la cultura del “aguante” invadió las escuelas, la cultura de los trapos, de la murga, de la pasión sin límites se instaló en las aulas. Y eso, claro, nos parece extraño.

La explicación

Frente a todo esto, no puedo dejar de pensar que estamos ante la crisis de la escuela. Lo escuchamos hasta el cansancio: la palabra “crisis” relacionada con la palabra “escuela”. Hurgo revistas de los años noventa y ya se hablaba de esto. No dudo ni un instante en que el diagnóstico es certero. Hay algo en el sistema educativo que no da para más. Lo sufro en carne propia cada vez que veo a chicos de 13, 14 años, en el primer año de la secundaria, totalmente desmotivados, con cara de “qué hago aquí, por Dios”. Y me angustio una barbaridad, me dan ganas de decirle “andà afuera hijo, vete a dar una vuelta por el patio ahí si quieres”. Pero la rectora me mataría. ¿Y saben qué? Arriesgo una hipótesis, quizás descabellada. Esos chicos que ponen sus energías al servicio de unos buzos, lo hacen porque encuentran en ese ritual extraño para los docentes la motivación que perdieron en el transcurso de su vida escolar. Con “La Presentación” le dan sentido vital, energía y aventura al último año de estadía en esa institución en la que estuvieron tantos años y a la que tantas veces no le encuentran sentido. Además hallan en esta conducta una forma de diferenciarse de los mayores, de hacer algo que en el fondo saben que los “grandes” no entendemos. La presentación se trata de algo inventado por ellos, que no está en la curricula oficial, que no tiene nada que ver con matemática, lengua e historia. Que es invención de ellos. Para ellos. Y nos lo muestran en la cara.

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“¿Qué es esto?”, se preguntaba el genial ensayista Ezequiel Martínez Estrada frente al fenómeno peronista en la década del cincuenta. ¿Qué es esto? nos preguntamos nosotros, profesores, cuando vemos chicos saltando, miles y miles de papelitos, música fuerte y gritos desaforados que aúllan “¡aguante la promo!”.

Raro, todo muy raro. • Revista Cabeza

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Un pensamiento en “Tratado Urgente sobre buzos y camperas

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