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por Lup Ahead

Había oído hablar de él. Una amiga, que lo conocía personalmente, había corregido los desdibujos que los vecinos ilustres le amontonaban en el currículum, donde loco resultaba la suma o la síntesis de un torneo afiebrado de miedos de pueblo chico.

Llevaba la barba desprolija, una camisa a cuadros muy ancha y vieja, caminaba a tempo de algo que le sonaba en la cabeza y llevaba un vaso de cartón, con café, frío. Lo seguí. Se sentó en un bar, le dije que quería aprender a tocar.

Para tocar, hay que dejar de tocar

me dijo. Pensé rápidamente y le contesté que para dejar de tocar había que tocar primero, y que yo quería aprender. Quedamos en vernos esa misma tarde. No traigas el instrumento, no va a hacer falta, me aclaró. Nuestra primera clase fue una larga caminata por La Banda. Una procesión por bares, juntando azúcar de los sobres de las mesas, mientras me hablaba de Gershwin. O mejor dicho, de Gershwin, el sionismo, el círculo de quintas, las dificultades de la traducción del alemán, las formas de la plusvalía en el negocio de la música, y la digitación correcta para la mano derecha de un arreglo de piano que me dictó en el camino, Ich sende dir Rosen. El precio de la clase era la compañía, mantener a raya al ejército de drogoncitos que se acercaba a pedirle pastillas, o comprarle café y cigarrillos.

Cuando llegó el primer invierno juntos las metáforas se pusieron complejas: Carmichael usaba, por ejemplo, la cabeza en la mano derecha y el corazón en la mano izquierda, por eso las séptimas menores son tan abiertas, Lucius, como el peronismo, o como dormir con las medias puestas, que es el método alquímico para evitar soñar con mujeres, o con agua, que es lo mismo, pero por si acaso, tienes que entender que el antídoto es cualquier cosa que esté en Fa Mayor, antes del desayuno, como la canción de la tormenta o la canción del arroyo de la sexta. Todas las frases terminaban en un seco “tengo que justificarme” y nada tenía una segunda explicación. Consideraba la falta de atención un insulto que se castigaba con el silencio o la ausencia. A veces se iba, sin saludar, y esos enojos solían durar días.

La noche que tocó en el casino lo fuí a ver. Había armado un veintena de tangos seguidos y dos o tres boleros que iba a tocar con su guitarra. Se aburrió a la altura de Caminito y cuando estaba llegando a Sabor a Mí, dejó de tocar. Pero estaba tocando, aunque ya no tocaba. Era otra cosa, y si bien estoy tentado a escribir hoy que estaba improvisando, la extraña organización con la que exploraba el timbre de las cuerdas, el soplido de las trompetas parándose justo sobre los trastes, los tambores ocultos golpeando la quilla mientras percutía las cuerdas graves, o la corista entabacada que tosía de amor cuando raspaba la roseta con el borde de las uñas, todos eran indicios de un plan superior, ajeno, por supuesto, a la ruleta o al blackjack, profundamente antimusical, con la soberbia tristeza que se encuentra al límite, de la mano o del instrumento. No le pagaron esa noche. Un turco que estaba apostando fuerte, y que era amigo del intendente, pidió que callen al loco de la guitarra. Nos fuimos, o nos corrieron. En la puerta de su casa me pidió que le compre cuerdas, que esas ya no iban a servir más, porque ya no se iban a poder afinar.

Pero no te olvides que la afinación, es una mentira

en una nota, están todas las notas, me explicó, cuando tocas una nota tocas todas las notas. Las que están por venir. Las que ya te olvidaste. Solamente hace falta una nota y ahí está toda la música. Solamente te hace falta una nota. Y que te paguen. Si no te pagan, no sirve. Tengo que justificarme. Me enteré después que esa noche volvió al Casino y tuvieron que llamar a la policía para que no rompa el vidriado de la fachada a cascotazos.

Rubén Villa se escapó del mundo un 10 de abril. Resuena todavía el beat de sus ojotas en cada disonancia cruzada y en la nostalgia vaporwave de este colectivo que rodea una plaza que bien haría en llevar su nombre. • Revista Cabeza

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