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Se acerca una nueva entrega de los Academy Awards y ofrecemos una mirada sinóptica a las principales candidatas en la terna de Mejor Película, que se estrenarán en las salas locales en las próximas semanas.

Por Pedro Arturo Gómez

LA TEORÍA DEL TODO
(The Theory of Everything. James Marsh, 2014) – Se estrena en nuestro país el 5 de febrero.

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Sin alejarse de los moldes del biopic qualité, esta versión cinematográfica de la vida de Stephen Hawking resulta más inspirada que la otra película biográfica del momento sobre científico, el Alan Turing de The Imitation Game. Vuelo visual, una estilizada puesta en escena, un preciosismo que bordea el almibaramiento, componen el vistoso envoltorio de esta película en la que el villano es la esclerosis amiotrófica lateral y el héroe un legendario físico que sobrevive hasta la actualidad a un pronóstico de vida de dos años dictaminado en 1963. En el inicio mismo de la historia, el comentario que le hace un amigo al joven Hawking -“¿Y si el secreto del universo tuviera que ver con el sexo? Haz tu doctorado sobre eso: la física del amor”- anuncia lo que será la más notoria cualidad del film y, a la vez, su flaqueza: prevalece un romanticismo exacerbado que no se ahorra tonalidades eróticas hasta hacer del autor de Una historia breve del tiempo una figura sexy, mientras que los contenidos relacionados con la ciencia están reducidos a un esquema de segundo plano. Y sin embargo, hay un cierto encanto que se sostiene por sí mismo (¡el tan mentado voyeurismo del cine!): ver cómo el ilustre profesor Hawking, con su contrahecho aspecto en la silla de ruedas, se divierte mirando la revista porno Penthouse depositada ante sus ojos en un atril, mientras la bella enfermera que lo cuida va dando vueltas a las páginas. Esta sola imagen ya vale toda la película, aunque después haya “mensaje” con bajada de línea acerca del sentido de la vida y una preocupación por reivindicar la existencia de Dios. Arropadas por la bella música de Johann Johannsson hay un par de actuaciones extraordinarias: obviamente la de Eddie Redmayne que recrea con virtuosismo ese derrumbe del cuerpo donde no obstante sobrevive el ardor del intelecto y la pasión, pero también -a pesar de su menor evidencia- la de Felicity Jones, que compone con sutil y poderosísima intensidad a Jane, la esposa de Hawking, una mujer cuyas principales decisiones se juegan en el amor. Es que sí, por esta vez -y es probable que se haya perdido una oportunidad- el romance, abriéndose paso por entre la enfermedad y el genio, puede más que la teoría cuántica y la relatividad.

BIRDMAN
(Alejandro González Iñárritu, 2014) – Se estrena en nuestro país el 12 de febrero.

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A excepción de su opera prima -la irregular pero intensa Amores perros- Alejandro González Iñárritu ha venido acumulando altisonante chatarra fílmica con pretensiones de vehículo para transportar contenidos que hablan de ALGO MUY IMPORTANTE, así con mayúsculas, solemnidad y trazo grueso. En Birdman aligera el tono, juguetea con el plano secuencia y algún realismo mágico (después de todo es mexicano) al son de una omnipresente percusión jazzera, para meterse en la atribulada mente de un actor que alguna vez quedó encasillado en la interpretación cinematográfica de un superhéroe y pretende ahora reivindicarse en el teatro de Broadway, con una obra que adapta un cuento de Raymond Carver (“De qué hablamos cuando hablamos de amor”, no cualquier cosa). Mientras lo más interesante son sus postales de la vida detrás de las bambalinas, la película transita con agilidad su historia, llevada en gran medida por la firme energía de las actuaciones. Sin embargo, es incapaz de evitar el circuito de dicotomías tan trilladas como las que oponen el arte a la crítica y a la cultura de masas, y hacia el final todo desemboca en una apoteosis entre operística y espiritualista. Con sus gracias y sus ripios, es probable que Birdman sea una película peor que mala, que sea casi buena.

BOYHOOD
(Richard Linklater, 2014) – Estrenada.

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La ficción cinematográfica en compañía de una prolongada encarnación por parte de la realidad fue una operación desarrollada en 20 años por François Truffaut, a lo largo de cinco filmes que siguieron la vida de su alter ego, Antoine Doinel, siempre interpretado por Jean-Pierre Léaud, de modo que el paso del tiempo en el personaje se reflejaba en el del actor y viceversa. En la senda de su trilogía Antes del amanecer / atardecer / anochecer, Richard Linklater pone en juego un proyecto similar al de Truffaut dentro de una sola película filmada durante 13 años, en la que se narra la vida del joven Mason desde su infancia hasta el final de su adolescencia, y donde tanto el personaje principal como su entorno están representados por los mismos actores sin otro maquillaje que no sea el rastro de los años que van pasando. El resultado va mucho más allá de los efectos de la singularidad de su rodaje, porque si la existencia humana, sus asperezas y tersuras, sus ensombrecimientos e iluminaciones, sus pérdidas y hallazgos pulsan con la íntima intensidad con que lo hace en Boyhood es producto de un relato cuya trama se interna en el hilado de una vida entramándose con ella, preservando todo lo de ambivalencia, incógnito e inaprensible que componen cualquiera de los avatares de nuestras biografías. Un film que conmueve con su entrañable belleza sin estridencias ni oratorias, porque cada uno de sus espectadores podrá reconocerse en no pocos de los momentos de ese muchacho que crece ante nuestros ojos. Esta película se construye en un cruce entre una traslúcida lírica y una épica minimalista de la cotidianidad, ahorrándose en el desarrollo de la vida de sus personajes la mostración de los clichés acerca de los “grandes momentos” (bodas, divorcios, pérdida de la virginidad, etc). Todo esto lo deja Linklater a merced de un hábil manejo de la elipsis, para concentrarse en lo que sabe hacer muy bien: enfocar a sus criaturas en el flujo de sus interacciones, sin imponerles énfasis dramáticos. Al mismo tiempo preserva esas elementales cuotas de contradicción e incógnita que pueblan las decisiones de nuestra existencia, tratamiento que sobresale en secuencias como la de la conversación entre Mason y su padre acerca de por qué éste vendió el auto que había prometido regalarle. Es precisamente este tratamiento lo que logra el conmovedor efecto de una transparencia diáfana que alimenta la ilusión de palpar la vida misma a través de un artificio cinematográfico sin subrayados, sin estrujamientos sensibleros, sin apelaciones manipuladoras al sentimentalismo.

FRANCOTIRADOR
(American Sniper. Clint Eastwood, 2014) – En cartelera.

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El joven texano Chris Kyle, muy hábil tirador -como corresponde al tradicional vínculo de Texas con las armas- al ver en la televisión el atentado que sufre una embajada estadounidense siente el llamado del deber patriota, se enrola en el ejército y se transforma en un prodigioso francotirador, una leyenda viva en la aventura bélica de los EE.UU en Irak. En una narración estructurada en cuatro incursiones por el campo de batalla, abruptamente alternadas con secuencias de la vida familiar, Clint Eastwood aspira a internarse en la perturbada psiquis de este personaje corroído por el espectro de la violencia. El notable registro realista tropieza y se fractura con las escenas donde se muestran los hechos de la rivalidad con un francotirador enemigo, momentos en los que la película vira en ritmo y estilo visual hacia el más convencional film de acción. Sobresale la personificación que hace de Kyle un anabolizado Bradley Cooper, en un film que acaso esboce un ambiguo sentido antibélico (la guerra, se sabe, es desagradable), pero con su extravío ideológico nada dice acerca de las verdaderas raíces de la invasión y ocupación neocolonial norteamericana sobre Irak.

EL CÓDIGO ENIGMA
(The Imitation Game. Mortem Tyldum, 2014) – Se estrena en nuestro país el 5 de febrero.

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Biopic convencional y monocorde que narra en tres tiempos alternados momentos decisivos en la vida de Alan Turing, el matemático inglés, padre de la informática y la inteligencia artificial, cuyo trabajo acortó la Segunda Guerra Mundial en favor de los aliados al descifrar el código que los nazis usaban en sus telecomunicaciones. Del retrato de Turing que ofrece la película resulta un genio autista y despótico, atrapado en un secreto de Estado, una red de espionaje y el estigma de su homosexualidad, encarnado con subterránea intensidad por un Benedict Cumberbach en modo freak. El film se concentra en el heroísmo científico, dejando para una nota al margen el proceso judicial donde Turing es condenado por “indecencia y perversión sexual” (en la Inglaterra de los ’50 ser gay era un delito), y obligado a un tratamiento hormonal que lo empuja al suicidio. En la formularia mediocridad de la película, la siempre fascinante figura de Cumberbach desborda con su interpretación los moldes que recortan esta historia. Revista Cabeza.

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