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Por Omar Layús Ruiz

El Lollapalooza, festival craneado por Perry Farrell –es sabido- existe desde 1991, y su creador ahora se limita al pequeño trabajo de dar el sello de confianza mientras una horda de productores se despedaza entre sí para armar grillas y pensar cómo mierda hacer para mover 20 sets de batería hasta confines latinoamericanos.

Este encuentro que el líder de Jane’s Addiction armó para darle fin a su banda y que mutó en un rejunte de parias –y no tanto- de la industria ayer discográfica girando por Estados Unidos, para después convertirse una marca global altamente confiable y seductora que viaja por el mundo llevando y trayendo a muchos de los referentes del mainstream internacional junto a varias de las potencias locales, imprimió en el público argentino una forma diferente de vivir un espectáculo musical. No tanto por el formato -que más o menos  se reitera cada vez que un megafestival se organiza por estas tierras- sino por su grandilocuencia y ambición.

¿Y después de esto, qué? ¿Somos realmente conscientes de lo que acabamos de vivir? ¿Podrá otro festival que no sea la versión 2015 del Lollapalooza reemplazar esta experiencia? Sería más fácil caer en el tono de porteñosnobcontemplativosuperado á la espectador de gafas de Carey en el BAFICI, pero estas preguntas que me hago seguramente se las hace cualquier periférico que prefiere compartir sus discos a tenerlos dentro de una carpeta de computadora creyendo que nadie más oye lo que sus flacos oídos oyen.

Por dónde empezar.

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Música total. El Main stage 2 durante el show de Imagine Dragons.

Capital Cities la rompió. Eso. El grupo formado por Ryan Merchant y el megabarbudo Sebu Simonian tiene apenas un disco editado, pero plagado de hits. Llegamos para cuando “Kangaroo court” prendía fuego el escenario de su cronometrado set, y desde ahí no hubo tregua. Para la actitud festiva que acompaña la euforia de los primeros minutos de la entrada a este tipo de encuentros, cada canción era un temazo, había que bailar. Sonó todo lo que la gente esperaba escuchar, que en esencia es lo que se espera. No vamos a tener la suerte de escuchar adelantos ni estrenos de los próximos discos. Sí vamos a volver a abrazar los viejos hits, de todos los discos, como un reencuentro. Los Capital Cities hacen bien lo suyo, lanzan bombas como la versión remixada por André3000 (Oukast) de “Farrah Fawcett hair”, y la multipremiada “Safe and sound”; y apelan con decisión a las fuentes con clásicos irrompibles como “Stayin’ alive” de los Bee Gees o “Holiday” de Madonna, por momentos suenan world music y por momentos encantadoramente urbanos.

Por estas tierras –y durante el tránsito por esta versión latina del Lollapalooza- Julian Casablancas presenta su costado más extremo. Yace arriba del escenario acompañado de The Voidz una horda de inadaptados que parecen extraídos de Heavy Traffic de Robert Crumb. El set suena al borde de la desafinación, y aunque el ¿ex? vocalista de The Strokes descansa sobre su condición de nueva deidad rockera, lo hace para mal. La ecualización de su micrófono es lamentable y suena como si estuviera atrapado en una burbuja de plástico. Lo patético del momento no rompe –igual- la devoción del público local cuando el ricachón despeinado vuelve sobre algunos hits de su ¿ex? banda. Al caso yo prefierí escuchar en mi cabeza las hermosas canciones de su disco Phrazes for the young mientras decido no entender el set de principio a fin, o conservar la esperanza de que en un momento determinado los Daft Punk irrumpan en la escena para tocar “Instant crush”, pero no, la cosa era irremontable.

Consagrados por esta zona del globo, los Phoenix volvieron a nuestro país después de 4 años a confirmar su romance con el público local y pasaron de subir de un escenario alternativo a copar el Main stage 1 del festival. Las canciones de los cuatro francesitos suenan tal cual lucen arriba del escenario: por momentos etéreos y modernos, y por momentos rabiosas. Como es de costumbre en sus sets en vivo, Thomas Mars, el vocalista, hace mosh sobre el público y el éxtasis estalla en sintonía con las canciones que se encadenan en una fiesta parisina. Hay versiones de todos sus discos, desde hits primigenios como “Rally”, pasando por pequeños clásicos como “1901” y la potente “Lasso”, hasta esa bella gema melódica que es “Tryin’ to be cool” extraída de su disco del año pasado. La respuesta del público es instantánea.

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Ave Fénix. Trent Reznor irrompible durante el set de Nine Inch Nails.

Un ratos después, mientras los New Order hacían bailar a nostálgicos de los ochenta y algunos pequeños iniciados, Trent Reznor traía por todo a la más reciente versión de Nine Inch Nails. Leyenda viva del festival y del rock alternativo, Reznor enfundó su set en clásicos del alternate rock como “March of the pigs”, “The great destroyer” y “Hurt” además de grandes canciones de Hesitation Marks –su más reciente producción- como “Copy of A”, con destino de clásico. En el vivo, sorprende la capacidad de Reznor de alternar la potencia de las primeras grabaciones de tracción a sangre de NIN con la veta electrónica y maquínica de sus grabaciones más nuevas. La ferocidad del set en vivo convierte a la fiesta en un oscuro abismo, aunque sea por un rato. Hasta el momento NIN es lo que mejor ha sonado y lo que más conmueve. Ver a un Reznor irrompible después de varios descensos a su infierno menos creativo para volver al ruedo ganando premios y sacando discos, tiene un aire de venganza.

A la primera jornada le quedan dos horas, y es turno para que Arcade Fire le imprima épica a la noche. El show arranca con apenas unos minutos de retraso, con un extra presumiblemente mexicano, enfundado en un traje completamente decorado por trozos de espejos, y anuncia al combo para que el público estalle. La banda sube al escenario escondidos debajo de esas cabezas gigantes de papel maché que aparecen en su último videoclip. Arrancan los primeros acordes de “Normal person” y abruptamente Win Butler -su líder- detiene la música para descubrir debajo de una de las cabezotas a Julian Casablancas. El gag está perfectamente calculado, distiende a la concurrencia -lo disfrutamos-, y cuando Julian se retira la cosa se pone en serio, los Arcade Fire arrancan de cero y el público entra en éxtasis. Butler, el mayor de los hermanos (el otro, que de a ratos corretea por el escenario, se sienta detrás del piano o maltrata con furia un redoblante es su hermano Will. El parecido es perturbador), tiene plena conciencia de su rol de líder de la manada. Subyace en el tablado una atmósfera algo militar, que probablemente tiene que ver con el número de músicos que llenan la tarima. Arriba del escenario son 12 personas: la formación original de la banda –que se pasea por un menú interminable de instrumentos que van de los convencionales a instrumentos medievales y percusiones hawaianas- más algunos instrumentos de cuerda, y un dúo de percusionistas heredado de su reciente paso por Jamaica y Haití donde los canadienses buscaron inspiración para Reflektor, su último trabajo de estudio.

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Líder de la manada. Win Butler le reza a David Bowie durante “Reflektor”.

El show es excelente. Perfectamente sincronizado. Los canadienses tocan versiones de sus cuatro discos. Resaltan sobre las demás la reciente “Reflektor”, –que en la versión del disco contiene los coros de David Bowie- preciso momento en el que Butler junta las manos como para orarle al Duque Blanco, y dirige sus ojos hacia el cielo cual pastor bautista al borde de la epifanía religiosa; “The suburbs” –ampliamente festejada por todo el público-, el dance hipnótico de “Sprawl II” con un inquietante agudo de la pequeña Régine Chassange -esposa del mayor de los Butler-, y la grandiosa “Keep the car runing”, para terminar con “Wake up”, uno de los primeros hits de la banda. Hay lluvia de papelitos perfumados para el final. Los vamos a extrañar.

Nuestra segunda jornada (digo nuestra para los que decidimos llegar a eso de las tres de la tarde) arrancó con la posibilidad de ver a Johnny Marr en vivo, intacto, lúcido, lleno de energía luego del accidente que le provocó varios huesos rotos en una de sus manos; por todo lo que representa: la mitad creativa de los Smiths, creador del sonido de eso que alguna vez se llamó indie. Haciendo versiones de las canciones de The Messenger, su primer disco solista luego de decenas de colaboraciones con varios artistas, tocando “I fought the law” de The Clash y gloriosos covers de “There is a light that never goes out”, “Bigmouth strikes again” y “How soon is now” para que la luz del grupo que formó con Morrissey no se apague nunca. Los que tuvimos la suerte de poder ver a Moz en alguna de sus visitas primero, y a Marr esa tarde no podremos decir que cumplimos el sueño de ver a los Smiths en vivo, pero al menos nos queda el consuelo de haber visto a sus dos piezas fundamentales en escena y en dando shows notables.

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Soy leyenda. Johnny Marr intacto exalta al público local.

El sol, que de ratos brillaba fuerte, empezaba a extinguirse para que los Vampire Weekend pudieran salir a escena, y aunque todavía les daba de frente, Ezra Koenig –el vocalista- se tapaba los ojos con el antebrazo para poder mirar al público, de a ratos. Han pasado varios años desde su debut y canciones como “A-punk” u “Oxford comma” suenan maduras y bien conservadas. Se les suman buenas versiones de “Cousins”, “Horchata” y varias de Modern vampires in the city, su más reciente producción, entre las que se destacan la preciosa “Unbelievers”. Los jóvenes neoyorquinos no lucen pretenciosos ni vedettean en absoluto. Hacen bien sus canciones. Se le animan a un castellano bastante rústico y se van bien aplaudidos por los que nos acercamos a escucharlos.

La segunda fecha del festival había comenzado con mucho menos flujo de gente, estaba algo fresco y las nubes amenazaban con descargarse. Ya había pasado el show que terminó de consagrar a los Illia Kuryaki and the Valderramas al público masivo a base de canciones funk contundentes (incluso preferí su show por sobre el de Soundgarden, que no me inspiraba en lo más mínimo. Sacrilegio, sí. ¿y?). Había descubierto con sorpresa a la bella Ellie Goulding, que para mi asombro copó el Main stage 1 con sus canciones potentes y frescas. La decisión de ver su show era parecida a la que durante la primera tarde del festival me había movilizado a acercarme a la pequeña Lorde, luego de haber oído un par de canciones de los Imagine Dragons.  Esa Lorde de la que hablan todos los adolescentes se comía el escenario alternativo a fuerza de machaques electrónicos que decoraban su pop existencial adolescente. Bien por Lorde.

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Monstruo de dos cabezas. Dante y Emmanuel y su ascenso definitivo a las grandes ligas.

El pequeño Jake Bugg no había corrido con la misma suerte. No necesitaba –por lo menos en ese momento- otras de las reencarnaciones posibles de Bob Dylan. Quizá en algunos años. Diez o quince. Tampoco el me necesitaba a mí para desplegar su folk retro. Preferí en su lugar sumergirme en la crudeza incendiaria de los Cage The Elephant, el grupo de Bowling Green que ya va por el tercer disco y tiene en Matt Shultz un frontman decadente y explosivo.

También debo confesar que no soporté la pedantería de los Pixies, que vinieron a mostrar su bajista argentina –la experimentada Paz Lenchantín, quien ya había pasado por A Perfect Circle y grabó dos discos solistas- y a desaparramar clásicos de su discografía. Después de un cover de “Head on” de The Jesus and Mary Chain Frank Black cortó deliberadamente “Rock music” cuando apenas empezaba. Sí tocaron clásicos como “Magdalena”, “Monkey gone to heaven” y “Where is my mind”, pero no tocaron “Here comes your man” porque el humor de Black no daba. ¿Son los Pixies Las Pelotas de ellos? No lo sé.

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Power Trío. Keidis, Flea y Klinghoffer bancando el show de los RHCP

Nos quedan dos horas de festival, de show, de todo. Los Red Hot Chilli Peppers son, sin dudas, el número más esperado del festival. Eso es lo que se respira. Aparecen entre las medias luces y todo es locura. El nuevo desembarco del cuarteto por tierras porteñas no quiere dar respiro. La energía que despiden los Chili Peppers después de casi 30 años de carrera sigue siendo intensa. El tempo ajustado de Chad Smith y el aire fresco que bien le supo aportar la cadencia hipnótica de la guitarra de Josh Klinghoffer al grupo, se suman a esa hermandad simbiótica que son Flea Balzary y Anthony Keidis, la tripa y corazón del cuarteto.

El show arranca con una versión poderosa de “The power of equality” del gran Blood Sugar Sex Magik, para después encadenar grandes versiones de “Dani California”, “Look around” y “Me and my friends”, temazo incluido en The uplift mofo party plan, momento en el que el público enloquece.

Los Peppers lucen frescos, juegan con jams encima de canciones de Hank Williams y Funkadelic entre tema y tema, divierten al público y enseñan su costado más ameno cada vez que los miles de fans corean clásicos de las tribunas locales. La euforia se asemeja a esos shows que se materializan después de esperas interminables donde la furia está contenida. Pero no: los Chili Peppers habían hecho explotar nuestro país hace apenas 3 años. Los fans argentinos demandan visitas más seguidas, claro está.

Es de noche hace rato. Los aviones atraviesan el cielo y se hacen incontables. La luna apenas asoma por algunos segundos y se vuelve a ahogar entre el espesor de las nubes. Hace mucho calor a pesar de los diecipico de grados. Los fans están apretados, son casi un solo cuerpo. La mirada se pierde en cabeza tras cabeza tras cabeza. Nunca vi tanta gente junta. Todos vinimos a lo mismo: a adorar a los Chili Peppers.

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Amor y Paz. Flea conmovió al público local con esperanza y actitud flower power.

El final es inevitable, me lamento aunque mis piernas me lo agradecen. Pienso en que han sido muchas horas, mientas la pantalla gigantísima que adorna las espaldas del escenario dibuja olas y Klinghoffer arma con sus dedos el arpegio inicial de “Under de bridge”, uno de los himnos definitivos del cuadro californiano. Luego vendrán el funk ajustado de “Ethiopía”, la panorámica “Californication” y “By the way”, hasta que parece que es hora de un descanso. El grupo desaparece detrás del backstage mientras alcanzo a ver a Keidis tomar de la mano a uno de sus hijos, hasta esfumarse.

Luego de unos minutos aparecen nuevamente, con Flea caminando de manos para cerrar con el himno “Give it away” una noche y un festival que serán difíciles de arrancar de la memoria. Los que tuvimos la suerte de estar ahí, en algún punto lamentamos la ausencia de algunos amigos. Será difícil de encontrar una experiencia parecida hasta que el Lollapalooza vuelva por estas tierras, aparentemente, el año que viene. Que así sea. • Revista Cabeza

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