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por Pedro Arturo Gómez.

Hace un par de años, en una fiesta nocturna me encontré con uno de los directores de Tapalín. La película, y estuvimos conversando largo rato acerca de ese proyecto. Terminada la velada, durante el regreso, rodeado de una compañía escasamente estimulante, una mujer del grupo comentó con tono de alarma que le parecía deplorable que se hiciera una película sobre ese personaje porque iba a difundir una “mala imagen” de Tucumán. “¿Qué va a pensar la gente de Buenos Aires cuando vean esa película?”, se lamentó esta acongojada bienpensante. El episodio podría quedar ahí, como ejemplo que grafica con total explicitud el raquitismo de algunas mentes. Sin embargo, el fantasma de Tapalín vuelve a inquietar ciertas conciencias en permanente alerta, de esas que habitan sectores cuyo oficio son las ideas.

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En vísperas de la presentación de la película en el BAFICI 2014, una reciente publicación en esta red social nos invitaba a pensar sobre el hecho de que el Estado subsidia la realización de un film como éste, al mismo tiempo que les niega a los docentes el salario que se merecen. Por supuesto, este señalamiento acierta en la referencia a las aflicciones del sector docente, pero tropieza al enlazar con trazo grueso los crónicos padecimientos salariales de los trabajadores de la educación con las políticas estatales de subsidio y fomento para la producción audiovisual, cuestionables como son en su trazado y aplicación. La publicación dio lugar a un intercambio de opiniones, donde no faltó la discusión más o menos acalorada ni la apelación al argumento de la corrupción, comodín que suele siempre entrar en juego a la hora de apedrear al gobierno (cierto que la ubicuidad de este recurso retórico mucho tiene que ver con los hábitos del poder político de turno).

Sin embargo, junto con las atinadas intervenciones que cuestionaron lo antojadizo y arbitrario del razonamiento inicial, aparecieron expresiones sintomáticas de capas freáticas de pensamiento escandalizado (¡OMG!) ante el hecho de que el cine se ocupara de semejante elemento de la fauna tucumana. A la vez, es necesario observar que ninguno de los participantes del debate había visto todavía la película que algunos ya condenaban con la prisa que dictan las convicciones enérgicas. Por un lado, los criterios de diseño y aplicación de las políticas del Estado con respecto a la producción audiovisual merecen un cuidadoso escrutinio crítico, como el que vienen haciendo en este campo organizaciones y colectivos de realizadores que no han cedido a la seducción de las mieles oficialistas. Por otro lado, el caso particular de Tapalín, la película mueve a una reflexión ante este tipo de reacciones a priori que suscita y lo que en ellas hace síntoma.

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Productos audiovisuales sobre personalidades de la intelectualidad y del arte no merecerían cuestionamiento alguno al contar con patrocinio estatal, tampoco pintorescas figuras de la cultura popular como en Tucumán serían el ladrón Bazán Frías o el Loco Vera, mucho menos si estos personajes hacen al tratamiento de LOS GRANDES TEMAS que siempre están ahí para ser tratados como GRANDES TEMAS, sobre todo si se trata de la siempre necesaria (y exigida) crítica socio-política. Pero basta con que el interés se deposite en algo tan prosaico y plebeyo como el Payaso Tapalín para que las vestiduras comiencen a rasgarse, poniendo en aceleración inmediata las infaltables partículas de reaccionarismo. Una mirada penosamente sesgada como ésta podría alentar la ridícula queja acerca de que Diego Velázquez se haya ocupado en su pintura de enanos cortesanos, Toulouse-Lautrec y Balzac de prostitutas o Picasso (¡OMG!) de payasos, y que en el cine no falten directores que hayan filmado la vida de vagabundos, rateros y fenómenos de ferias. Y es que a pesar de siglos de exploraciones estéticas, subsiste y persiste la estrecha idea de que por esencia hay a priori temas nobles para que el arte se ocupe de ellos, y otros temas de los que no vale la pena hablar (ni pintar, ni escribir, ni filmar), a menos que se los condene como lo impresentables que son. ¿Hace falta a esta altura de la historia insistir sobre la capacidad del arte de transfigurar en sublime cualquier tema por sórdido o menor que parezca?

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Claro que los autores de Tapalín, la película no son ni Velázquez, Toulouse-Lautrec, Balzac o Picasso, ni son todavía consagrados artífices del cine. Para apreciar sus cualidades, sus capacidades de experimentación, imaginación y riesgo estético, o la ausencia de ellas, hace falta ver cómo trabajaron en su film la figura del payaso tucumano. Algo que parece tan obvio como esperar a ver una película para juzgarla no lo es cuando los prejuicios y los dogmas ideológicos imponen sus diezmos. • Revista Cabeza

 

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