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por Alicia A. Chávez.

 

Ver Her me hizo recordar una escena de Before midnight en la que una pareja jovencísima -especialmente mucho más joven si se la compara con Jesse y Julie- cuentan la manera en que lograron hacer sobrevivir su amor a los primeros meses de distancia: el dispositivo electrónico como vicario de la mirada del otro, del que no está, o está, pero en otro lugar. Un lugar que a este cuerpo, limitado, le resulta inaccesible.

También, Her me recordó a esos viejos temores de la literatura de ciencia ficción (no por nada, este es el género en el que se encuadra la película) vinculados a la des-humanización, a la aparición de figuras que, según los diferentes adelantos tecnológicos, alcanzaban una cada vez mayor similitud física con nosotros, y que representaban un peligro en aumento…

Pensé, además en Vicky, de Mi Pequeña Maravilla, donde lo que más diferenciaba a la robot del resto de la familia era esa voz mecánica, sin las inflexiones, los chasquidos, la respiración que tanto llego a molestar a Theodore, y las dudas de la reciente Scarlett Johansson. En aquel caso, lo cómico llegaba por su inadaptación a lo cotidiano, donde los símbolos e interpretaciones vehiculizan muchos más significados de los que se dicen explícitamente, o de lo que se hace.

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Pero regresemos a la actualidad: Sam, en cambio, tiene una gran capacidad de adaptación. Con sorprendente velocidad, es decir, tras un intercambio de tres frases, le saca las fichas a Theodore, lo desafía y lo hace reír. Encantadora, ¿no? Los espectadores ya estamos enamorados.

Es ahí donde caigo en cuenta de la exquisitez de este guión: No hay líneas de más. Ciertamente Alan Pauls mató a la película diciendo que como en ella no pasa nada, a los personajes no les queda más que hablar. Sin embargo, los diálogos tienen lo mejor que pueden tener: son precisos. Se apoyan, y para esto es el cine, en las imágenes… y además de escuchar esas cartas melancólicas que Theodore dicta -ni siquiera podemos decir que escribe porque son contadas las veces que los vemos utilizar el sentido del tacto- vemos colores, texturas, simbolismos en animales que se nos abalanzan amenazadoramente en una pantalla, una pantalla adentro de la pantalla se merece una reflexión para otro texto, y la maravillosa interpretación de Joaquin Phoenix poniéndole carita de indefenso a este no tan joven adulto (?).

Y aquí uno de los puntos más inquietantes, pero centrales en la peli. La gente no se toca. Ni siquiera en esas primeras escenas de sexo virtual vemos a Theodore masturbarse, o sugerirlo al menos. El con-tacto es con los amigos. Amy lo abraza en la primera escena que aparece. Los besos y caricias, parecen algo del pasado, de cuando estaba casado. Ahora, al tener la posibilidad de volver a vivir el con-tacto, él se resiste, lo boicotea, un gesto imperceptible desencadena el bloqueo.

Entonces, resulta casi obvio que el acento esté puesto en las palabras, en los colores, en la iluminación, en la música, en la voz de Scarlett Johannson cantando “But withh you my dear, I’m safe…” (O haciéndonos creer que canta).

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En definitiva, se trata de una película que, en forma, es coherente con su contenido.
La historia, bien se podría haber contado con humanos de ambos lados desde un primer momento. El fracaso de este amor no está determinado porque ella sea computadora y él humano, sino porque no logran establecer el con-tacto. Él, repite con Sam, la serie de comportamientos que lo llevaron al divorcio.  Él mismo lo dice: deja sola a una de las partes de la relación.

Sam, con su parte más humana (pero con sus capacidades de máquina), expande sus horizontes y la distancia ya es insalvable. Entonces Theo, otra vez se encuentra en ese lugar solitario, mirándose con su amiga, la única con la que hace con-tacto en toda la película y pensando en un futuro más amistoso, que en definitiva, nos devuelve a la fuente: El lugar seguro sigue siendo ese en el que podemos mirar a los ojos al otro. Me pregunto, si también podremos tocarlo.

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Pienso finalmente, en esa idea de que todas las historias que contamos sirven, más o menos, para hablar de nosotros mismos, de nuestros miedos, temores y secretos pensamientos. El futuro, como todo lo que no existe, nos permite posponer indefinidamente (de hecho, nunca sabemos en qué fecha transcurre la historia) la posibilidad de sufrir esas consecuencias de la despersonalización, de la soledad, del desencuentro. Termino este texto pensando, entonces, en que evidentemente el futuro llego hace rato… y sin embargo, nada ha cambiado tanto. • Revista Cabeza

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