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por Omar Layús Ruiz (@NOLachus). 

1.

La crisis de 2001 se llevó puesta la vida, la guita y las esperanzas de millones de argentinos. Se cargó la alegría de los ciudadanos, que muy de a poco empezaron a recuperarse a fuerza de cumbia villera y pilotos de tormenta. Ya con Néstor Kirchner en el timón, los años 2003 y 2004 –la edad de oro del kirchnerismo- trajeron nuevos paradigmas que con iguales proporciones de estado benefactor y política de derechos humanos como punta de lanza (además de la convocatoria a los jóvenes a escribir la historia) revistieron a los agentes y referentes culturales de nuevos ropajes en pos de la refundación de las retóricas nacionales, populares y revisionistas. El clima de época reinante en términos de políticas culturales necesitaba de esos pilares, secuaces comprometidos en el renacimiento de una atmósfera de buena onda propiciada por corear “todavía cantamos” cada vez que se pueda. No hay ninguna novedad en el mecanismo, cultura y política son dos moles que se cruzan para armar quilombo permanentemente. Una consume a la otra para sacar pecho, hacerte fuerte y meterse en el bolsillo a los parroquianos a fuerza de festival, tertulia y cachengue. La otra la abraza, transa, y se le mete en el bolsillo para subsidiarse, subsistir, alimentarse. Las dos obtienen rédito por igual, una hace que la otra prolifere y se expanda. Ambas hacen que eso que el marxismo separó en base y superestructura dance en una espiral demencial.

2.

En Santiago del Estero (también) es fácil hacerse de un catálogo de artistas, organizaciones, emprendimientos y demás instituciones que llegan bastante cómodos a fin de mes gracias a esa danza de buenas migas con el Estado. Basta con echar un vistazo a los actos patrióticos y culturales que se cargan de nombres repetidos uno detrás del otro. Los referentes culturales están precisamente para eso: hacer valer localías, vigorizar identidades, vitalizar sensaciones físicas que pasan de la piel de gallina a las lágrimas en cuestión de segundos, hacer fluir eso que llamamos la santiagueñidad, sea lo que fuere. Una amalgama de recortes imaginarios y costumbrismos a merced del que corta el queso, que le vienen como anillo al dedo para reproducir la lógica de identificarnos con un algo que tenemos en común, que nos junta. Incluso aunque cuando se nos (les) va terminando la cinta, eso que nos junta empieza a (re) formatearse, (re) dosificarse y venderse en packagings cada vez más atractivos y sobre todo cada vez más caros.

3.

Productos artificiales. Abrillantamientos. Pasteurizaciones. La cultura, la identidad y todo lo que conllevan se termina reduciendo a eso que aparece en Canal Encuentro: centenares de gigabytes propiciados por pequeñas productoras precarizadas que ganan pantalla nacional y popular a fuerza de bajadas de línea en términos identitarios y machaques audiovisuales que ladrillean la pared de esa identidad nacional con el blindaje de la argentinidad alimentada a base de iguales dosis de telurismo y buenas costumbres. Entonces, en ese mar de sentidos que flotan por las geografías nacionales, Santiago del Estero sigue siendo ese territorio donde se toca el bombo debajo de un algarrobo, se baila folclore y se come empanadas. Debe pasar lo mismo con Tucumán, con Rio Negro, con La Pampa, aunque no esté seguro de qué están hechas las identidades de esos lugares. Sí estoy seguro, como bien remarcaba Mariana en una reunión de nuestro grupo de investigación hace unos días: que los santiagueños debemos ser (de nuestro país, claro) los que más nos preguntamos y nos machacamos con el temita este de la identidad. Mucho hay de cierto en esa afirmación y en la presumible necesidad inquebrantable de volver a las primigenias deidades de los montes como para cargarse a cualquier metalero, flogger o participante de una zombiewalk que aparezca con sus ideas radicales sobre la cultura de masas y la sociedad globalizada.

4.

Interpelado por un periodista local, Peteco Carabajal declaró que “Chacarera” -su documental del que poco sabemos y que fue estrenado hace un par de días en el cine Gaumont de Buenos Aires- “es el comienzo de un cine santiagueño”. El músico basa su afirmación en que “Todos los elementos que tiene son santiagueños, desde la temática hasta los protagonistas y los escenarios donde rodamos la película (…) tomamos la figura de mi viejo y sobre todo su obra artística para hablar de nuestro lugar, de nosotros, de Santiago del Estero, de la cultura santiagueña”. Desafortunadamente el más conocido del clan bandeño opta por la actitud del Midas sumergido en el clima de época. Central más allá de la periferia, con peso específico, con la autoridad que le signan el canon y lo popular. Se remite al surgimiento del un “cine santiagueño” porque lo que rodea, hace y deshace a su film “es santiagueño”, de nuevo, sin saber bien yo  o tener demasiado clara la evidencia de qué es lo santiagueño. Si nos acercamos a las producciones locales, existentes desde siempre, conformadas por productores locales, incluso algunos nucleados en organizaciones locales, podemos ver que sí hay cine santiagueño, un cine que no necesariamente está tapizado con el telurismo de lo autóctono, lo campestre/campesino o lo musical folclórico. Ojo, no estaría mal que se produjera contenidos que partiesen desde esas premiosas, claro, pero para bien, hay otras. Múltiples, diferentes, diversas, incluso lamentablemente desiguales en términos presupuestarios y de planificación. Un cine que tiene mucho de autogestivo y de amor propio. Quizá lo que haya dicho sobre “Chacarera” haya sido un fallido poco meditado. Esperemos. Peteco: eso ya se ha visto.

5.

“Vos no sabes por las que pasamos en el rodaje de “El Zoco”, se hizo muy a pulmón. Los cineastas locales trabajamos mucho por la difusión y promoción de nuestro cine, llevando adelante proyectos como éste, que viene romper un poco esta postura esquemática que hablar de Santiago tiene que ver con ciertos temas, con cierta música, con ciertos personajes, ciertas estéticas”, me cuenta Lorena Jozami, directora de “El Zoco de la Buri Buri”, el merecido documental sobre la figura del escritor santiagueño Jorge Rosemberg, referente obligado de la literatura local, dueño de un estilo de relato que lo podría anclar a los aguafuertes de Roberto Arlt. Mientras conversamos, recordamos el cine de Jorge Juan durante la década del setenta, los cortos independientes, “Puertas Nómades”, la opera prima de Enrique Landsman; el colectivo Santiago del Video, “La mirada de Huguito” de Pablo Argañarás, “Perla” de Natalia Coronel, los recientes trabajos documentales de Gustavo Caro y Dani Gerez. “Y sí, siempre hay una mirada –sigue- pero una cosa son las miradas y estéticas que surgen de una región, y otra la que se espera de ella. Y parece ser que hoy por hoy hay como una suerte de exigencia de encuadrarlo todo en una mirada “regionalista”, o lo que se entiende por “lo regional”. Santiago no es solamente el burrito y la postal del ranchito y la chacarera. El cine santiagueño no tiene porque tener que ver necesariamente con eso”. Punto.

1078630_682201015128245_175915079_oRodaje de “El Zoco de la Buri Buri”, agosto de 2013.

6.

Hace un par de meses, en medio del cierre de lo que fue la última marcha de los bombos realizada por las calles de Santiago del Estero en medio de un conflicto territorial resonante, Peteco Carabajal salió poco airoso en su intento de calmar las fieras que rugían desde el público pidiendo a los artistas locales a mostrar sus posturas en el marco del incidente que involucraba al Indio Froilán González y el gobierno de la provincia. Sus palabras de unión y comunidad fueron barridas por los gritos enfurecidos de algunos concurrentes que le reclamaban el espacio que ocupan en la cultura santiagueña, un lugar por fuera de la sombra estatal y más cercano a ese lugar donde el pueblo y la identidad santiagueña se encuentran: el patio. ¿Podemos pensar al acto que se desarrolló al final de la última marcha de los bombos como una suerte de “santiagueñazo cultural”?. La instantánea de furia y regocijo como caldo de cultivo de la lucha por el territorio parecen propiciar la reflexión. Eso a lo que llaman “la gente” tomando partido y reclamando a los artistas su lugar en el entramado social, su lugar en el territorio, tensando la relación de admiración y dando pie al enfrentamiento en pos de la conservación de la permanentemente sobreexplotada identidad. • Revista Cabeza

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Un pensamiento en “Esto ya se ha visto

  1. La santiagueñidad, esa enorme y eterna preocupación de los santiagueños, un trauma colectivo que bien puede dar para siglos de diván. O para reflexionarlo, cosa que algunos intentamos hacer con nuestra obra. Antes de esta película, Peteco había producido “La Comarca embrujada”, cuyo argumento, curiosamente, también gira en torno a la figura de su padre, Carlos Carabajal. Y antes, había expuesto una serie de cuadros en su incursión por la plástica. El aburrimiento que provoca pensar en la idea unívoca de que la poesía santiagueña es verso paisajista en rima, la pintura, un cactus hiperretratado y la política, la pleitesía visceral de un caudillo, es tan grande como el mapa de Santiago del Estero. No creo que haya aun un cine santiagueño, en el sentido de escuela, corriente o estética particular, pero sí existe, desde hace mucho tiempo, la historia del trabajo de muchos de nosotros. Ese trabajo nos llevará, quizá, a delinear un cine santiagueño en el futuro, una mirada propia en el contexto de la expresión cinematográfica. El despropósito de la afirmación de Peteco se asienta, creo, en esa pulsión sanguínea y pueblerina que los santiagueños cargamos por inaugurar algo nuevo en torno a lo mismo de siempre: la santiagueñidad. El carácter de “inimputable” que la fama le otorga a algunos pone en sobre relieve estos deslices imperdonables. No lo perdonemos, pues. Pero eso sí, salgamos los realizadores al ruedo a debatir que carajo es eso de “inaugurar el cine santiagueño” y lo que se desprenda de ello. A lo mejor ahí nos encontramos y nos descubrimos frente a una preocupación común, donde nuestras películas poco importen ante esa necesidad de reflexionar sobre lo que hacemos y porqué se atraviesa con tanta ligereza, también periodística, a nuestro laburo.
    Menos mal que en Santiago del Estero no nos faltan referencias desde donde sortear estos deslices conservadores. Con Jacinto Piedra y Sentime Dominga, por hoy me alcanza. A ver como sigue esto.

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