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Por Pedro Arturo Gómez

Mudo y drogón

Hacia fines del siglo XIX, en los Estados Unidos, la muy joven mirada del cine se pone a andar, asomándose desinhibida a las geografías del vicio. Entre las zonas de la perdición los fumaderos de opio convocan tanto la curiosidad como la repulsa de las buenas conciencias patriotas, irritadas con esos antros operados por extranjeros mercaderes de exóticas tentaciones: los chinos. Sin embargo, los fumaderos se han vuelto muy populares, tanto que hasta aparecen en las guías turísticas de la época y son tema de algunas películas, como Chinese Opium Den (1894), producida para el Kinetoskopio de Edison, y Rube in an Opium Joint (1905).

En esos mismos años, los medicamentos de venta libre incluían en sus fórmulas drogas adictivas que aseguraban el consumo, como la heroína contenida en un jarabe contra la tos y los dolores de parto, fabricado por la empresa Bayer. Pero los días de esta pócima tan versátil estaban contados: en 1906, después de que un gran número de tiernos infantes manifestaran los efectos nocivos del vademécum, comenzaron a aplicarse leyes contra el uso medicinal de sustancias adictivas. Pero los refrescos y “sodas” también eran sospechosos, de modo que la misma Coca Cola fue llevada a un muy famoso juicio, sin que se lograra demostrar que en su alegre burbujeo se agitara la cocaína. En tiempos en los que el cine solía apropiarse de las noticias periodísticas traduciéndolas a melodramáticas luchas entre el bien y el mal, estos asuntos le inspiraron a David W. Griffith un par de películas: That Medicine Bottle (1909), alegato a favor de la reglamentación de los medicamentos de venta libre, y For His Son (1912), relato acerca de la Dopokoke, una exitosa bebida que vuelve cocainómanos a sus consumidores, entre ellos el hijo y la secretaria de su fabricante.

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En el lustro siguiente hubo un aluvión de películas sobre el tema, entre las que se cuenta la desopilante The Mistery of the Leaping Fish (John Emerson, 1916). Escrita por el maestro Tod Browning (el director del Drácula de Bela Lugosi y de Freaks) y protagonizada por el astro Douglas Fairbanks, el film contaba la historia de un detective adicto llamado Coke Ennyday (“Coca Cualquier-día), que viste siempre a cuadros, maneja un auto a cuadros y usa un reloj cuyas agujas le marcan las principales actividades del día: “comer”, “beber”, “dormir” y… “drogarse”. Curiosamente, semejante investigador tiene que desbaratar el contrabando de opio que unos delincuentes hacen ingresar al país dentro de un pez de goma inflable.

Charles Chaplin también hace alusión a las drogas en La calle de la paz (Easy Street, 1917), en la que el vagabundo de Carlitos va a dar a un sótano y un adicto que ha estado inyectándose allí lo golpea hasta hacerlo caer sentado sobre la jeringa. Más tarde, en Tiempos Modernos (1936) Carlitos volvería otra vez por accidente a las drogas, pero custodiado por los guardianes del Código Hays, que para ese entonces apretaba el cine de Hollywood bajo los velos y mordazas de una cruzada moral que, entre otras depuraciones, había prohibido cualquier referencia a esas sustancias.

Trece años antes moría víctima de su adicción a la morfina Wallace Reid, un afamado actor cinematográfico de la época, y poco tiempo después se estrenaba un film de crispado énfasis didáctico producido por su viuda y Thomas Ince: Human Wreckage (J. Griffith Wray, 1923). Estrenada en Buenos Aires, sin rodeos metafóricos, como Esclavos del alcaloide (el título original era “naufragio humano”), de esta película hoy perdida sobreviven sólo apuntes de su argumento y rodaje. Fue el producto más notorio entre los de su tipo y marcó el tono del discurso dominante en las décadas siguientes. Pero a menudo estas mixturas de ficción y documentalismo, con la excusa de exponer didácticamente los estragos del mal, ponían en explícita escena lo prohibido para el lucrativo regodeo del público, un gesto que delata el costado hipócrita –y muy redituable— de toda moralina. Y para fortalecer su atractivo estos films fueron incorporando otro condimento de probada eficacia: el sexo. Es así que la representación de los arrebatos alucinógenos pasó a incluir la tumultuosa desnudez de mujeres entregadas a la voluptuosidad del naufragio.

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Drogas y sexo, una exitosa asociación que el cine exploitation de la era sonora supo exprimir hasta la náusea. Pero es sabido: el primer cine es el europeo; y son los alemanes los que se adelantaron en la reunión de los pecados de la carne y del dopaje. Después de la primera guerra, abolida la censura del kaiser, hacían furor películas como Opium de Rudolf Meinart, cuyo cartel mostraba varias mujeres desnudas envueltas por el humo narcótico.

Un mensaje menos ambiguo parece implícito en películas como The Penalty (W. Worsley, 1920) y Dr. Mabuse (Fritz Lang, 1922), en las que los genios del crimen no consumen drogas, pero sí sus desgraciados esbirros: la inteligencia –aun la criminal— está alejada de los estupefacientes. Sesenta años más tarde, el Tony Montana de la Scarface de Brian De Palma sucumbiría a causa de evitar radicalmente esa distancia.

Sonido y furia narcótica

Desde sus inicios, el cine sonoro no deja de visitar una y otra vez los paraísos e infiernos artificiales de la droga, con abordajes más o menos explícitos, en el marco de todos los géneros posibles y apelando a tonos que van desde el didactismo moralizante hasta el registro más despojado, pasando por la explotación comercial, la afectación melodramática y el humor involuntario. Destaco, sin afanes de exhaustividad, algunos títulos insoslayables.

The Pace that Kills (The Cocaine Friends/Cocaine Madness) (W. A. O’Connor, 1935). La película que más problemas tuvo con la censura de la época. Remake del film mudo homónimo (N. Parker, 1928). Explotación disfrazada de urgente testimonio social.

Marihuana (Dwain Esper, 1936). Alocadas tribulaciones de una joven que, tras probar marihuana en una fiesta, se hace adicta a la heroína y se convierte en la “reina de los traficantes”. El afiche de la película proclamaba: “La hierba con raíces en el infierno. Miseria. Lujuria. Crimen. Odio. Vergüenza. Desgracia. Desesperación. ¡Misteriosas orgías, fiestas salvajes, pasiones desatadas!”.  Catálogo pionero del cine exploitation.

Reefer Maddness (Louis Gasnier, 1938). Este realizador francés dirigió a Gardel en Cuesta abajo (1934) y filmó el memorable serial mudo Los peligros de Paulina (1916), pero es recordado por este film de culto redescubierto en los ’80 que muestra cómo los consumidores de marihuana se hunden en un trance de locura, orgías y muerte. Su ridícula grandilocuencia diluye el drama y convoca la risa.

El hombre del brazo de oro (The Man with the Golden Arm), (Otto Preminger, 1955). Melodrama exacerbado, aunque tratado con cierto distanciamiento y toques expresionistas. Frank Sinatra interpreta magníficamente a un músico adicto a la heroína, acompañado por la soberbia banda sonora de Elmer Bernstein. Es la película que marcó el inicio de la caída del código Hays.

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Delirio de locura (Bigger than Life), (Nicholas Ray, 1956). El personaje que encarna James Mason cae en la crueldad más oscura arrastrado por la cortisona.

El ansia perversa (A Hatful of Rain), (Fred Zinnemann, 1957). Un ex soldado, que se volvió adicto tras ser tratado con morfina durante la guerra, oculta su condición hasta que el secreto se vuelve incontenible y estalla arrasando con su entorno familiar.

La escuela del vicio (High School Confidential), (Jack Arnold, 1958). Un joven agente encubierto lucha contra narcotraficantes. Clásico que incluye a Jerry Lee Lewis tocando el piano en un camión en marcha. Secuela: College Confidential! (A. Zugsmith, 1960).

Sed de mal (Touch of evil), (Orson Welles, 1958). Obra maestra del cine noir en la que Janet Leigh, secuestrada por marihuaneros, es drogada en un motel del desierto.

El aguijón de la muerte (The Tingler), (William Castle, 1959). Joya bizarra del horror cinematográfico y primera aparición del LSD en el cine. El ícono del género Vincent Price encarna a un científico que, lidiando con un parásito que literalmente “mata de miedo”, se inyecta la sustancia que poco tiempo después se convertiría en emblemática del hippismo. Como el delirio no tiene límites, el doctor le aplica el mismo tratamiento a una pobre sordomuda provocándole horribles alucinaciones. Price volverá a las drogas en Confesións of an Opium Eater (A. Zugsmith, 1962)

The Connetion (Shirley Clarke, 1961). Un clásico del New American Cinema o cine underground. Describe la cotidianidad de un grupo de yonquis y fue muy criticada por la falta de condena moral a los comportamientos que muestra.

Los ángeles salvajes (The Wild Angels), (Roger Corman, 1966). Los Ángeles del Infierno y su pasión por las motocicletas, la violencia y la marihuana.

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The Trip (Roger Corman, 1967). El clásico absoluto del género ácido y uno de los films más audaces del cine estadounidense. Escrito por el alucinado Jack Nicholson e interpretado por una trouppe de volados notables que incluye a Susan Strasberg, Dennis Hopper, Bruce Dern, Peter Bogdanovich y Dick Miller, encabezados por Peter Fonda en la piel de un director publicitario que experimenta con el ácido. Nicholson seguiría el viaje hasta escribir otra de las grandes películas psicodélicas del flower power: Head (1968). En Estados Unidos los films de ácido son las “head movies”.

Reto callejero (Riot on Sunset Strip), (Arthur Dreifuss, 1967). Mucho rock, psicodelia desatada y cumbres ácidas. A una chica le ponen LSD en una gaseosa y, después de agitarse en un feroz zangoloteo narcótico, será violada por cinco muchachotes. Máxima muestra del “bad trip” y punto de partida en el estilo de asociar los efectos estupefacientes con el descalabro coreográfico.

Psych-Out: libertad y miedo (Psych-Out), (Richard Rush, 1968). Otra con Jack Nicholson, Susan Strasberg, y Bruce Dern, junto con Dean Stockwell, inmersos en las espesuras psicodélicas del hippismo. Excelente fotografía del maestro Laszlo Kovaks.

Alice in Acidland (1968). Despropósito clase Z, filmado en Hollywood pero editado sin créditos, con formato seudo-documental, voz en off aleccionadora y testimonios de la protagonista. Una supuesta estudiante del secundario es absorbida por el consumo de ácido en un batido de orgías, lesbianismo y demás promiscuidades. Cabalgata descerebrada que, sobre un fondo de sermoneo moralizante, acumula un muestrario atropellado de glándulas mamarias y correrías de hombres en calzoncillos, en imágenes espasmódicas que viran del blanco y negro al color, se funden, desenfocan y sobreimprimen. Hacia el final, el realizador pisa a fondo el acelerador y raya a mano la película. Lo que se dice “un mal viaje”.

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Pánico en el parque (Panic in Needle Park), (Jerry Schatzberg, 1971). El trágico romance callejero de una joven pareja (Al Pacino y Kitty Win) que desciende a los infiernos de la heroína. Un film sin impostaciones moralistas, deudor del cinéma-verite.

Ciao! Maniatan (John Palmer y David Weisman,1972). Composición incoherente de ficción y realidad, en la que Edie Sedgwick, superstar de Andy Warhol, intenta representar a una modelo adicta a las anfetaminas y termina por interpretarse a sí misma, desde sus días sostenidos por la heroína, el speed y la cocaína hasta su nueva vida, después de los electroshocks y un implante mamario de siliconas. Edie murió de sobredosis tres meses después de terminar esta película de destartalada belleza.

El mercader del vicio (Superfly), (Gordon Parks Jr., 1972). Policial clásico del blaxplotation de los ’70, con dealer apodado “el sacerdote” porque guarda muestras de cocaína en el interior de un crucifijo. ¿La religión es el opio del pueblo?

Up in Smoke (Lou Adler, 1978). Disparatada oda a la marihuana con Cheech & Chong, los Abbott & Costello de la contracultura alucinógena.

Estados alterados (Altered States), (Ken Russell, 1980). Aparatoso fárrago que con alguna inspiración psicodélica cuenta la fatigada historia del científico que llega demasiado lejos con sus experimentos, esta vez ayudado por alucinógenos.

Christiane F (Ulrich Edel, 1981). Docudrama que expone con crudeza las confesiones de una chica de trece años prostituida para sostener su consumo de heroína.

The Boost (Harold Becker, 1988). El genial James Wood encarna a un patético vendedor que, obsesionado por lograr la prosperidad a través de un gran negocio, cae en la adicción a la cocaína arrastrando consigo a su esposa. Muestra representativa del clima de la era yuppie y su droga emblemática: la cocaína. El mismo Wood, siempre en la piel de personajes “sacados”, volvería a las tierras baldías de las adicciones en el devastador road movie de Larry Clark Otro día en el paraíso (1999), donde compone junto con Melanie Griffith una pareja de heroinómanos delincuentes en fuga terminal por las carreteras, acompañados por una pareja de jóvenes también drogadictos.

Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989). Una banda de jóvenes ladrones se especializa en el robo de fármacos, en la Oregon de los tempranos ’70. Contemplativa y a veces cómica mirada sobre la cultura norteamericana de las drogas. Sobresale la original imaginería con que el director pone en escena las fantasías y los “vuelos” de los personajes, en particular el del soberbio Matt Dillon. Incluye al apóstol literario de los alucinógenos William Burroughs haciendo de un sacerdote drogadicto.

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The Addiction (Abel Ferrara, 1994). Oscura, muy oscura, opresiva y hermética meditación acerca de la culpa y la redención en clave de historia enferma que combina espectralmente, en viscoso blanco y negro, el género de vampiros, la filosofía de Nietzsche, Sartre y Heidegger, imágenes del Holocausto y otros genocidios, con referencias al Sida y a las drogadicciones. Perturbada y perturbadora.

Kids (Larry Clark, 1995). Sórdido registro documentalista de 24 horas en la vida de un grupo de púberes newyorkinos entregados al nomadismo urbano. la promiscuidad sexual, y las drogas. El Sida es la escala final de un viaje sin retorno.

Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas), (Teerry Gilliam, 1998). Alucinada (aunque no alucinante) versión cinematográfica del libro de Hunter S. Thompson, paladín de la contra cultura norteamericana, inventor del periodismo “gonzo”. Atiborrada –y más bien tediosa- recreación audiovisual del delirio paranoide de un tránsito en permanente viaje lisérgico, filmado con lentes ojo de pez y desbordadas dosis de efectos que intentan reproducir las visiones del vuelo narcótico. No es lo mejor de Terry Gilliam, que siempre tiende a la desmesura autoindulgente.

Trainspotting (Danny Boyle, 1995). Comedia corrosiva y vertiginosa acerca de las tribulaciones de un grupo de jóvenes drogadictos en el mundo de la heroína de la Edimburgo de los ’80. Una conjunción desaforada de imaginación visual, inspirada insolencia e inteligencia amoral que entreteje con maestría algunos de los elementos más delirantes de la cultura pop. Magníficas actuaciones y brillante banda de sonido.

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Réquiem para un sueño (Requiem for a dream), (2002, Darren Aronofsky). Experimentalismo visual que toma por asalto los sentidos del espectador con la visceralidad frenética de sus imágenes. Retrato dislocado del delirio de personajes volcados a diferentes formas de drogadicción.

Viajes nacionales

Infectado de moralina y oportunismo comercial, el tratamiento del tema de las drogas por parte del cine argentino ha acumulado sólo rigidez admonitoria, mediocridad y un puñado de momentos bizarros. Marihuana (León Klimovsky, 1950) primera aproximación –rígida y superficial— al mundo de los estupefacientes, trae a estas tierras el expediente de representar la euforia química como la compulsión a bailar extrañas danzas y la visión fuera de foco. Doce años después, Graciela Borges hace striptease, se prostituye, se enreda con narcotraficantes, reparte ravioles a diestra y siniestra y finalmente se suicida tras descubrir que su amante narco es en realidad un policía encubierto en Los viciosos (1962) del prolífico y bienintencionado Enrique Carreras. Por ese entonces a Lucas Demare se le ocurrió una remake del film de Klimovsky, Humo de marihuana (1968). El fervor psicodélico de los ’60 y ’70 quedó al margen del cine argentino, conservador y solemne aun en sus formas más experimentales. En Natasha (Eber Lobato, 1974), la pulposa Thelma Stefani consume sustancias alucinógenas y baila obligada la danza narcótica de la ocasión. Durante la dictadura Enrique Carreras volvió a entusiasmarse con el tema y perpetró la ridícula Los drogadictos (1979), tras lo cual nuestra cinematografía se subió al tren de la moda del delincuente narco con sub-productos oportunistas como La muerte blanca (Cocaine Wars, Héctor Olivera, 1985) y la muy didáctica Sobredosis (Fernando Ayala, 1985). Una vez más el siempre obstinado y nunca inspirado Carreras insistió con los ambientes sórdidos en Las barras bravas (1985) y Delito de corrupción (1991). En la línea del explotaition se ubican engendros como Policía corrupto (Carlo Campanile, 1996), Maldita cocaína y Los gatos (Carlos F. Borcosque, 1985) en la que Gerardo Romano –muy a menudo puesto a interpretar cocainómanos— aspira varias líneas dispuestas sobre las nalgas de una actriz que hacía de su hija.

A partir de la segunda mitad de los ’90, la vitalidad que aportó el enérgico realismo del llamado “nuevo cine argentino” desalojó el rigor mortis de tanto didactismo solemne y tanta galería estereotípica, abordando los mundos lúmpenes de la delincuencia y la drogadicción juvenil en dos obras nerviosas y rabiosamente lúcidas: Pizza, birra y faso (Bruno Stagnaro y Adrián Israel Caetano, 1997), y La expresión del deseo (A. Caetano, 1998). Éste es el cine de la resaca de un “mal viaje”, el de la adictiva quimera neoliberal de la era menemista. • Revista Cabeza

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2 pensamientos en “La pantalla química. El cine y las drogas

  1. Interesante data Pedro.
    Solicito una ampliación del cruce politica y esteticas del cine argento.
    Abrazo
    Juan

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