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    Por Omar Layús Ruiz (@NOLachus)

    Fútbol. Locura. Pasión que escapa desde lo más profundo del abdomen. Ese fuego que nos dura toda la vida. Pecado salvaje del que nos convertimos en catedráticos incontables veces en la existencia. Fútbol. Que hace que, aunque yo no forme parte de Estadísticas y Censos, no dude en decir que muchos soñamos en convertirnos en jugadores, hacer la maniobra de: pie desnudo–venda–canillera–media–botín, sin los millones, ni los autos, ni las botineras. Solamente por la camiseta.

    Yo quería ser como el Burrito Ortega, mi ídolo de la infancia. Número 7. Yo tenía el número 7 en mi camiseta gracias a la pericia de mi abuela y su máquina de coser de marca Singer. Ariel Arnaldo Artega, jujeño de la tristemente célebre ciudad de Ledesma, desparramaba tipos por doquier con sus enganches, lo dejaba mirando como un boludo al Mono Navarro Montoya a la hora de sellar un 3-0 épico dentro de los limites de la mezquina Bombonera. El mismo que entraba a reemplazar a Maradona en un amistoso contra Marruecos sin temerle al “Rompéla!” que imponía la jeta del papá de la Dalma y la Gianina. Cuando yo jugaba no podía evitar copiarle los movimientos ni su mandíbula prominente mientras los hacía.

    Dentro de esta gato-bolsa fuimos con mi progenitor, Omar Néstor, alias “El Presi” (resulta que mi viejo fue electo hace en aquel momento presidente del queridísimo Club Atlético Termas, gloria invaluable del deporte universal), a ver la fecha doble de la Liga Termense de Fútbol: Casino (4) vs. Villa Nueva (0) y Costanera (0) vs. Club Termas (0), a cambio de 8 mangos la entrada. Mi padre, insistía, más allá de su condición de dirigente, en abonar el ticket correspondiente a modo de aporte a la causa futbolera local.

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8 pesos para el recorrido antropológico dentro de una población de unos 100 espectadores sobre los 35 mil que viven en la ciudad. Una ciudad con mucho de pueblo, obviando el aturdimiento infraestructural que le inoculó una costanera a lo Miami, un aeropuerto, y una isla para molestar a los pájaros. Detenido en el tiempo, testigo y protagonista de las prácticas más ancestrales del imaginario futbolero, a saber: putear al “referí” al “laiman”, exigir “orsai” o pedirle al lateral derecho (4) que corra a la orden de: “jugá, hijo del mil puta”; surgen las operaciones de camaradería más básicas que se pueden observar en cualquier tribuna de barrio:

1. Un estrato que viaja desde los 50 a los 75 años, masculino, clase media trabajadora, generalmente peronista, sobre todo si pertenece a la edad más elevada del target en cuestión. Generación que disfrutó a pleno de las bondades del General. Esos viejitos que se sientan uno al ladito del otro a contarse de los nietos, comer mandarinas, y señalar gente a la voz de: “ése que está ahí es el hijo de, o el nieto de…” y cosas por el estilo. Los demás son casi observadores de oficio, van a putear y nada más. Se descargan. No cuentan por el momento. Las bolsas de mandarina son casi obligatorias en cada tribuna local. Las venden así, en una bolsita, de a 6. La bolsita te viene bárbara para no desparramar las cáscaras por todos lados, por ejemplo.

2. Otra franja son las señoras. Siempre hay una rabiosamente enojada con todos (como así también está la señora que aplaude y festeja inane, prefiero referirme a la primera) Señoras grandes, que acompañan a quien sea. Al viejito sentado o al nieto que está dentro de la cancha defendiendo los colores. Algunas van porque quieren, porque les gusta ver como los –con suerte- 22 tipos corren detrás de la pelota. Hubo una particularmente enojada con la poca ansia de victoria de los jugadores de su equipo. Y bueno, el club de sus amores perdió 4 a 0.

3. Y los niños. Fuente inagotable de injusticia e impunidad. Venenosos dardos de honestidad brutal. Territoriales. Fascistas. Algunos renegaban del encargado de la puerta -el Sr. Layús- que en su aporte perseverante hacia el mantenimiento de la causa local les negaba rotundamente el acceso acusando que podrían ocasionar desmanes y desorden, o lastimarse y sufrir las consecuencias de un sanatorio pagado por la Liga Local. Todo un gestor. Impecable.
Ah sí, me olvidaba de los agentes de la seguridad (4). Ellos. Los policías. Preparados-listos-ya, para evitar la anarquía, para que las hordas agolpadas del otro lado del alambrado no despedacen vivos a los 22 jugadores, el árbitro y sus asistentes. Ese sería, digamos, su oficio durante el espectáculo de hoy domingo.

Los milis de esta tarde estaban todos paraditos en ronda hablando de quién sabe qué cosa mientras pispeaban por los bajo las injerencias del juego, además de una que otra hostilidad por parte del cuidador de la puerta hacia los niños a los que me refería anteriormente. 9 tipos. Demasiados para los que abonaron sus 8 pesos. El Sr. Layús contó de su lado de la tribuna 28 entradas masculinas, 7 femeninas y 4 infantiles. El escrutinio no alcanzaba a cubrir ni la mitad de los gastos. Esperó con expectativa el recuento de la otra boletería.

Policías, ponele. Muchachos que se quedaron en mi ciudad sin mucha expectativa de vida salvo caer en el casino, o subirse a manejar un taxi, o reincidir en la gastronomía, o, como la gran mayoría, en las fauces de la administración pública, y porqué no, además, en las de las novias embarazadas que reclamaban a gritos su ciclomotor. Algunos se inmolarían de la risa si volvieran a la ciudad y vieran a la flota de marines asfálticos de mi ciudad. Esos que antes de ser agente anti-caos eran el caos en estado puro. Algunos hasta llegaron a darse de puñetazos con uno que otro flamante compañero de fuerza.

Domingo de fútbol local. De reconstrucción vincular entre padre e hijo. Pinturas rupestres alrededor de “la cuero” como solía decirle un vecino, “Leandro, El Loco”. Situaciones que no dejan de ser mapas hallados de lo que pasa desde hace décadas. El fútbol, sus conceptos, sus cualidades inquebrantables y todas esas prácticas que se dibujan alrededor suyo. Los viejos sentados y sus nietos en la cabeza. La pelota en la cabeza y los ojos en el arco, el arco semidesnudo con ese frentazo que llega llega llega. Gol.

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