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Por Marcelo Argañaráz (@verbaleando)

Tenía que ir al súper. No quedaba otra. Mientras estaba viendo el exorbitante precio de ese queso que promociona un presentador de noticias, siento una voz femenina que dice mi nombre. Primero me hago el distraído a la vez que chequeó la fecha de vencimiento de ese maldito queso aparentemente exquisito y confirmadamente caro, pensando que no se trataba de mí. El nombre vuelve a ser pronunciado y esta vez giro con mi mejor cara de sorprendido. Era Lucía. Empujaba uno de esos carritos que se hacen con un soporte y un canasto. Llevaba te, café, edulcorante, galletas saladas, leche en polvo, una mermelada de no sé qué y servilletas descartables. Nada de queso. Me preguntó qué tal era el que justamente sostenía en mi mano ya que ella no lo había comprado nunca por lo costoso. Ahí recordé al Coso. Al parecer era él el único que en ese momento tenía la respuesta. “¿Cómo no le pregunté eso?”, pensé. “Me sería útil ahora para tener algo de qué hablar con Lucía”, pensé también. Así que mentí. “Delicioso”, dije. Y ahí pasó algo que no esperaba sobre todo después de nuestro último chat y su bloqueo hacía mi persona virtual. “Si estás pensando hacer un picada me anoto”. Corazón late a mil y el resto de la gente en el súper se ve como en bullet time. “¿En mi casa?”, pregunté casi inhalando. “Claro”, dice ella. “¿O tenías otros planes?”. Pero El Coso está en casa. “Claro que no; vamos”, dije. En el camino pienso que esto no puede terminar bien. • Revista Cabeza

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