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Por Esteban Brizuela (@brizuelaesteban

 “Una biblioteca es como un imán: los libros atraen libros, y los libros atraen lectores”.

Alberto Tasso

De tapas duras, de tapas blandas; de ancho espesor, de fino espesor; de portadas ilustradas y a colores, de portadas sobrias y unicolores; de olor rancio, de olor a tinta fresca; de hojas gastadas y borroneadas, de hojas nuevas y con letras claras; de páginas subrayadas, de páginas vírgenes. Estas características disímiles y variadas poseen los libros de los abultados estantes que conforman la biblioteca que lleva el nombre de un funcionario de Santiago del Estero que allá por las décadas del treinta y cuarenta del siglo XX se dedicó a documentar las penurias de los trabajadores santiagueños : Amalio Olmos Castro.

Ubicada en el sur de la Madre de Ciudades, en una calle que lleva el nombre de un árbol –Los Fresnos-, es visitada por estudiantes, investigadores, periodistas y obviamente, amigos de su dueño. Vista desde afuera, no tiene la clásica fachada de una biblioteca popular. No posee ningún cartel. Simplemente es una casa. Una casa que esconde un tesoro compuesto por más de 3000 libros de los temas más diversos.

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Si el psicoanálisis es una forma de escrutar y desatar los nudos del alma humana, otra manera de conocer la intimidad de una persona –quizás más efectiva- es a través de su biblioteca. Qué mejor manera de saber los intereses que tiene un fulano sino por medio de los libros que lee. Perdón por la contundencia, pero un devoto de William Faulkner no se puede parecer a un fanático de Osho.

La Biblioteca Olmos Castro –de la que aquí se empezó dando detalles de sus estantes- pertenece a Alberto Tasso, a quien para dar cuenta de su abanico de intereses habría que definir como escritor, poeta, sociólogo, promotor cultural y por qué no, bibliófilo.

Su nombre se ha vuelto un sinónimo de persona autorizada para opinar de diversas cuestiones. Periodistas perezosos lo llaman cada vez que quieren una opinión respetada sobre algún tema siempre vinculado con la cultura. Sus pergaminos son conocidos. Pero detrás del intelectual y del autor de libros de poemas y de investigación sociológica, se esconde el dueño de una de las colecciones de libros más importantes de la provincia. Una colección que su propietario pone a disposición de cualquier interesado.

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¿Cuándo y cómo nace una biblioteca? ¿De qué manera se funda como tal? Todo nace de una decisión, sostiene Alberto Tasso.

El proyecto surgió hace 10 años (en el año 2000) con el Colegio de Santiago, una institución fundada por un grupo de intelectuales santiagueños –entre ellos Tasso, obviamente- que desarrolla actividades de difusión cultural en la provincia.

“Viajé a México. Me enteré de la historia del Colegio de México. Me enteré que había nacido de una biblioteca y eso me inspiró. Y en un momento determinado empecé a pensar en la biblioteca Amalio Olmos Castro como biblioteca del Colegio de Santiago”, cuenta Alberto.

Empezó a preguntarse en dónde instalarla y con qué recursos. Surgieron más dudas: qué local podría conseguir, cómo pagarían el alquiler, quién la atendería. Hasta que una voz interior le susurró que se estaba ahogando en un vaso de agua. “Siempre nos ahogamos en los límites materiales, que es una cuestión irrelevante. Un acto es una decisión. La biblioteca está aquí y nace aquí. Y vamos a abrirla”, se dijo a sí mismo.

Un día la Biblioteca Amalio Olmos Castro comenzó a funcionar en la propia casa de su fundador. Pero no fueron los lectores quienes empezaron a ir hacia el domicilio de Alberto sino que sucedió al revés: los libros, en manos de su dueño, salieron a buscar lectores. “Empecé a llevar libros a la universidad, unos diez o veinte libros llevaba cada vez que iba a dar clase. Así que todas las primeras listas, los manuscritos originales de esta biblioteca, son listas de libros prestados”, relata Tasso, que también es docente en la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE).

La Olmos Castro fue adquiriendo fama entre los alumnos universitarios, hasta convertirse en una ruta obligada de jóvenes investigadores. Entre los estantes están los de Santiago del Estero, Argentina, América Latina, Regiones y provincias, Sociología, Historia, Estudios culturales, Creencias y espiritualidad.

Por suerte para el crecimiento de emprendimientos de este tipo, las donaciones no tardaron en llegar. Los varios tomos de la “Historia de la Confederación argentina” de Adolfo Saldías los donó la biblioteca Sarmiento. Los gruesos volúmenes que componen la “Historia de la República Argentina” de Vicente Fidel López los obsequió un particular, Marcelo Rojo. “Me faltan los libros de Bartolomé Mitre y tengo la historia del siglo XIX”, bromea Tasso.

Por su parte, el ya fallecido escritor, dramaturgo e historiador Raúl Dargoltz donó un libro de inigualable valor: la “Memoria descriptiva” de Alejandro Gancedo, además de un volumen de la Fundación Tornquist, y unas ediciones del periódico Norte, que se editaba en la zona de Añatuya en los años treinta.

A propósito de periódicos, la Olmos Castro posee también una envidiable hemeroteca en donde se atesoran números de míticas revistas argentinas. Allí conviven ediciones de El Hogar, Sur, Crisis, Primera Plana, Capítulo y la Revista de Occidente.

En cuanto al estante de autores santiagueños, están casi todos: desde el mencionado Gancedo hasta escritores contemporáneos, pasando por Gaspar Taboada, Orestes Di Lullo, Bernardo Canal Feijóo, Hipólito Noriega, Durval Abdala y una lista que podría seguir interminablemente.

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En cualquier biblioteca, para que los lectores puedan llevarse algo en préstamo, se suele pedir una cuota mensual, muchos datos personales, alguna boleta de impuesto y uno que otro requisito adicional. En la Olmos Castro lo que cuenta es otra cosa. “Mi base es la confianza en el préstamo, y ese mecanismo funciona siempre bien”, asegura Tasso. De todas formas el mecanismo tiene sus grietas. “Hay una especie de cuota establecida de libros de difícil retorno, en general no superan el 10%, aun así es buena para la circulación de toda biblioteca. Yo pienso que se debe trabajar con un margen de riesgo mayor: 20%. De cada diez libros, que retornen ocho, está bien”. Tasso cree, al fin y al cabo, que quien se hace quedar un libro lo hace porque tiene pensado realizar algo importante con él.

Pero la Olmos Castro no es sólo presente sino que se proyecta hacia el futuro. Por lo pronto ya tiene local propio: una sala pegada a la casa de Tasso pero con entrada independiente, en donde una maestra, Natalia, dicta clases particulares gratuitas a alumnos del barrio. Hacia allí Alberto Tasso trasladó los libros que pueden resultar de mayor interés para los visitantes, en su mayoría estudiantes.

En los anaqueles de ese nuevo espacio -habilitado el año pasado- se encuentran historiadores argentinos como Hilda Sábato y José Carlos Chiaramonte, sociólogos de la cultura como Raymond Williams, economistas como Alejandro Bunge, poetas como Ezra Pund y Arthur Rimbaud, clásicos como Platón y Plutarco, novelistas como Charles Bukowski y Aldous Huxley, pensadores latinoamericanos como José Carlos Mariátegui, cronistas extranjeros como Jules Huret, poetas norteños como Leopoldo Castilla y filósofos tucumanos como Jorge Estrella. Bien diversa la oferta. Como debe ser la oferta de toda biblioteca.

“La idea es que todas las tardes tengamos una propuesta diferente”, dice Tasso. Cursos, clases particulares, talleres de escritura. También otro objetivo es formar parte de la red de CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares), para lo cual, entre otras cosas, se debe pintar la pared de la entrada y poner un cartel indicatorio. Ya lo principal está listo: la entrada independiente, los libros, el personal y el nombre de la biblioteca. Lo demás son cuestiones burocráticas.

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Allí está. Los Fresnos 85. Zona sur da la ciudad. Una década de existencia. 3800 volúmenes. Poco más de cincuenta socios. Lugar de peregrinaje para quienes se les da por eso de andar estudiando el pasado o analizando la sociedad contemporánea. Aunque también resulta un refugio para cualquiera que sabe que el placer que brinda la lectura de un libro es un lujo que por suerte todavía no pide mucho a cambio. Sólo un poco de voluntad. • Revista Cabeza

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