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Por Marcelo Argañaráz

El coso se puso al costado de la computadora todo el tiempo que estaba chateando con Lucía. Hacía gestos medio extraños pero no pronunciaba ningún sonido. Lo raro era que cuando estaba escribiendo una frase poco veraz, el coso hacía un gesto como de desaprobación. Eso hizo que a la tercera mentira me arrepintiera y comencé a retractarme y a pedir disculpas. Lucía me preguntó si había mentido antes. El coso hizo un gesto nuevo, como un guiño estricto, como de padre que mira a su hijo cuando este está a punto de meter los dedos en el enchufe. Le dije que sí.

Ahí empecé a sospechar que el coso no era más que mi conciencia materializada, que se había escapado de mi cabeza y que por eso no se separaba de mí. Después comprobé que no era así porque cuando me vio hurgarme la nariz y llevar el dedo a la boca, hizo un gesto gracioso. O eso es lo que creo haber visto.

De todas maneras, desde aquel día que Lucía me puso como no admitido en el MSN. • Revista Cabeza

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