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Por Pablo Giori.

Homenaje a la movida tucumana.

Nadie sabe bien si los encuentros son destinos, casualidades o causas de efectos que desconocemos, pero hace muchos años fui a la casa de Marino a que me inunde la mente de discos musicales varios, y no tan musicales también. Iba de la casa de una antigua novia, de aquellas en blanco y negro, en mi bici todo terreno, era un verano tucumano que inundaba, tanto que casi ahogaba. No recuerdo aun si usaba rueditas o si seguía mirando para cruzar la calle, si aun me daban la mano, pero si que era como un escaparse, tenia que preguntar que calle era esa y andar varios minutos por la tierra caliente, pasar por las tomas de agua y mirar a las mujeres de Yerba Buena bañarse en sus piletas grandes.

Pablo Marinox no era mujer, ni tenía pileta, era más bien una continuación de la calle hostil pero con 2 perros, vivía a escondidas de todo lo más a mano en mi mundo, estaba como escondido en esos lugares que cuesta llegar y que la literatura latinoamericana pone en ciudades con nombres confusos. Ahí en su casa había tanta buena onda que eso ya lo hacía medio sospechoso. Lo había conocido por el recién iniciado canal de #Tucumanos del MIRC mientras terminaba el año 1999 y creíamos que el mundo se iba a terminar cuando se muera la tecnología, otra mentira más. Curiosa idea que no se si teníamos presente en ese momento, había que salir de lo digital y conocerse, el peligro de la muerte digital era inminente y el color blanco de las letras sobre fondo negro que demoraban minutos en llegarnos no eran prueba de lo contrario.

volstead tucuman (1)

Ese día toqué el timbre y de entre los yuyos, que hoy ya no están, salió tartamudeando mi amigo Marinox, al que había visto algunas veces en los recitales y quien me había invitado a no se que tipo de actividad musical que nunca había hecho (el mismo con el que ahora hablamos en los pasillos de la facultad y con el que nos congelamos estudiando en la biblioteca). Entré ahí dejando mi bicicleta afuera, con cierta desconfianza, y después de tomar un vaso de gaseosa me comenzó a hablar de bandas, recitales y bandas: “¿Qué bandas viste? ¿Qué bandas te gustan? ¿Escuchaste Sol, Volstead?” Y los soles ya eran grandes personas en aquel momento en que yo recién comenzaba, la movida pasaba y yo iba a comenzar a ser uno más de todos estos otros, como tantos que habían ido a más de un par de recitales.

Ahí fue donde Marino me cambio un poco la vida, no porque me haya escuchado sino porque algo de todo lo que sucedía ahí me estaba hablando a mí directamente. Ahí supe que podía haber palabras y diálogos y que había un lugar ahí para mí, que había mucho que aprender y que todo ese mundo que se abría cuando poníamos un disco o tomábamos el 118 para ir a zona sur a un recital tenía valor. Después de aquel encuentro volví a mi casa en la bici azul, ya era de noche y hacia mucho mucho calor (como si fuese hoy, ayer o mañana), antes había llamado a casa prometiendo volver temprano, otra mentira más, bajé por la avenida a las chapas y llegué todo transpirado a mi casa con cara de culpable. Antes de salir de la casa de Marino apurado y con una bolsa del super con 8 discos de bandas HC me dice: Conoces ese disco? No, le dije, aunque en realidad no veía que era. Vos no sabes nada, me dijo. Nos acercamos al equipo de música, levantó el disco y me lo dio, dijo: Llévatelo y después me decís que te parece, cuídalo que es el único que tengo.

volstead490-Volstead Plazoleta

El noveno disco fue el vencedor porque, sin saberlo, llevaba el futuro en una bolsa de plástico, en el manubrio de una bici que ha muerto por una calle de tierra caliente de una ciudad del norte argentino. Hubo un antes y un después de aquella bolsa de super, al llegar a casa mi vida había cambiado, o faltaba poco para eso, y no creo que sea una forma de decir, quizás me podría haber cambiado la vida otra cosa, pero en mi caso fue esto. Lo último que faltaba era la compañía, no existe la magia individual o sin testigos, así que nos juntamos con Leandro y nunca más pudimos dejar de escuchar ese disco. Es como una enfermedad que nos tiene presos hace ya 14 años, media vida para cuando cumpla 28 y medio, no dentro de tanto.

Hoy sé y puedo dar testimonio que el papel de ese hermano es un gran papel, que alguien tiene que prestarte los discos y darte esa confianza que nadie nos tiene cuando somos jóvenes. Siempre que suenan esas canciones nos llamamos por teléfono o cuando nos vemos cada seis meses o un año nos emocionamos como cuando teníamos quince años y cantamos: “Yo sentado miro el espejo de mi pieza / y un presentimiento de muerte que no me deja en paz. Yo solo quiero lo mejor para vos”. • Revista Cabeza.

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