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Por Omar Layús Ruiz (@NOLachus)

La franja de Gaza alberga alrededor de 4.200 personas por kilómetro cuadrado, siendo una de las regiones más densamente pobladas del mundo. El territorio de 360 kilómetros cuadrados fue provincia del Mandato Británico de Palestina tras la caída del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial. Más tarde, la ONU le dio el territorio a Palestina, que tras la guerra entre árabes e israelíes del ‘48 quedó ocupado militarmente por Egipto. En 1967, Guerra de los Seis Días mediante, Israel retomó el poder sobre el área hasta 1994, donde Palestina recuperó el 80% del área gracias al Tratado de Oslo. Desde 2001 en adelante, los israelíes montaron puestos fronterizos odiosos y se encargaron de bombardear sistemáticamente la región gracias a la ayuda de sus amigos norteamericanos, paladines de la matanza y el sometimiento, siempre en nombre de la Libertad. Misiles Qassam II han llovido diariamente sobre la región, regando con sangre y asesinando a centenares de habitantes, que en su mayoría son musulmanes.

Sin hacer mucho caso a la presión internacional por terminar con el bloqueo, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu declaró que estas medidas continuarán por aire, tierra y mar ya que el Estado israelí tiene derecho a defenderse.

En medio de todo este quilombo por el mapa y el territorio, el World Press Photo, organismo fundado en 1955 en Holanda, que todos los febreros entrega el famosísimo premio “World Press Photo of the year” eligió como mejor foto de 2012 a una instantánea tomada por el sueco Paul Hansen del diario Dagens Nyheter del mismo país, durante un velatorio realizado en Gaza, a mediados de noviembre del año pasado, tras el bombardeo de misiles israelíes sobre territorio gazarí. La foto tiene como tristes protagonistas a Fouad Hijazi y sus hijos Suhaib y Muhammad de tan solo dos y tres años de edad, envueltos en lienzos blancos, cargados en brazos por algunos familiares y vecinos, llevados hacia una mezquita de luego de ser asesinados en su casa.

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La imagen, desbordada por el horror y la desesperanza de un conflicto que parece no tener fin ayuda a retomar el viejo asunto de la estética sin ética, profesada por el arte y la filosofía cada vez que asoma el abandono de una mostración “pura” o “auténtica” en manos de la anabolización del efecto que el mensaje pretende dar. En fotografía, estamos de acuerdo que el medio es el mensaje, y en casos como el de la foto premiada no es poco el esfuerzo de posproducción, que aporta la inyección de dramatismo a un hecho catastrófico de por sí. Aquí Hansen se toma tiempo para hermosear la tragedia, agregar gramos de “emoción” a lo aberrante. Recurre al draganize, filtro fotográfico básicamente empleado para sumar emoción y textura a los retratos. Una suerte de exacerbación del punctum, por citar la idea que Roland Barthes propone en sus clásicas notas sobre fotografía publicadas bajo el nombre de La cámara lúcida (1980), para reflejar el momento de punción o pinchazo que generan ciertas imágenes.

Nada es ajeno. El draganism se puede probar en casa con tus propias fotos. Nada es inalcanzable. Desde los primeros tiempos de la acción o efecto de photoshopear, la fiebre infinita por Instagram desde hace unos años, y hasta los océanos de efectos conseguibles para diferentes soportes y formatos, es posible convertir las instantáneas tomadas con cualquier cámara en una pequeña pieza de arte. Podés descargar la aplicación de pixlr-o-matic en tu teléfono con sistema operativo Android o bajarlo en tu PC, o bien hacer lomografía en un iPad con aplicaciones como Lomora o Plastic camera.

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La conducta ética y la acción estética parecen desencontrarse de nuevo. Es sólo otro ejemplo de muchos, claro. Pensar en Leni Riefenstahl y su obra maestra El triunfo de la voluntad (1934) es fácil e inevitable. Ahí la directora alemana se ponía al servicio de la construcción poética de la imagen del terror. Hitler, su causa, su movimiento, sus movimientos, su avanzada propagandística y letal. Hitler al palo. Contrapicado, gigante, heroico, por sobre de la muchedumbre obnubilada con la imagen. La masa viéndose a sí misma como masa en torno a la figura del líder carismático. El esfuerzo por mostrarla como tal. Las tomas aéreas, épicas.

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Ya que estamos, más actual y discutible es el cine de Kathryn Bigellow, desafortunadamente comparada con Riefesntahl por el pensador andrógino local José Pablo Feinnman, a quien no se le movió la peluca cuando acusó de propagandístico al cine de Bigellow, quien lleva como nadie por estos tiempos el timón del cine bélico post 2001.

Sí, tanto The hurt locker (Vivir al límite, 2008) como Zero Dark Thirty (La noche más oscura, 2012) pueden ser acusadas de propaganda pro-Obama, pero nada tiene que ver el cine estático, poético y descriptivo de la directora de Olympia (1938) -quien terminado su contrato cinematográfico con el Tercer Reich se dedicaría a filmar documentales sobre alpinismo y vida subacuática- con la crudeza y la tensión llevadas al límite por Bigellow, a quien no le tiembla el pulso a la hora de recrear las miserias de la tortura a prisioneros islámicos por parte de tropas de elite norteamericanas, ni mostrar cómo mujeres son ultimadas en el operativo que terminaría con la vida de Osama Bin Laden, llevándose puesta toda esta cuestión de la estética sin ética. Nada que ver una con la otra.

No es posible el efecto que genera la foto de Hansen sin la postproducción. O es posible en menor medida. No es posible que la cámara escupa tal instantánea sin el uso posterior de filtros que acentúen eso que el fotógrafo quiere decir. Aquí hay indudablemente una búsqueda por el efecto, como también debe haber muchas fotos quizá mejores que quedaron rezagadas detrás de la suya. Hegel diría que la guerra es bella, buena, santa y fecunda, que crea la moralidad de los pueblos. Los futuristas italianos alzarían la bandera de la belleza de las máquinas bélicas azotando seres humanos, así que no hay que espantarse por este asunto, alcanza con apenas detenerse a ver cómo ocurre. No sé si valdría la pena interpelar a Hansen por el destino de sus imágenes. O si, no sé. • Revista CABEZA.

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6 pensamientos en “El destino de las imágenes

  1. Interesante debate Sr. Editor. Una polémica análoga surgió en uno de los programas de El Amante, por mayo de 2007, que retomaba la misma discusión -o no- en el marco de la revista, sobre un artículo escrito por uno de los capos de los Cahiers du Cinema, Serge Daney (1944-1992) .
    Ese programa se tituló “Lo Abyecto” y la cosa giró en torno de la promoción estética del horror, mas o menos. Tal vez resurja esta interesante discusión. Y por favor la próxima vez no androgenice a jotapé.

    El artículo: DANEY, Serge: “El travelling de Kapò”, en Perseverancia: Reflexiones sobre el cine. Buenos Aires, Ediciones El amante, 1998.
    El famoso travelling: http://www.youtube.com/watch?v=8RmbIDWl4PI
    Comentario interesante: http://sensesofcinema.com/2004/feature-articles/kapo_daney/

    Abrazo
    Leopoldo

    • Bien, la película de Gillo Pontecorvo. Sabía del tema pero no del artículo. Fue Godard quien dijo que “el travelling es una cuestión moral”, precisamente ejemplificando con Kapó. Abrazo.

  2. Más allá de la postproducción sobre la fotografía y del desvelo de Hansen por mejorar su trabajo -avizorando este premio, tal vez-, la propaganda, creo, corre por cuenta de la World Press Photo, que suele premiar este tipo de fotografías; cuyas condiciones básicas resaltan su procedencia tercermundista, de contenido dramático extremo -hambre, pobreza o guerra, condimentos que sólo ciertas regiones y países pueden garantizar cada año- y una textura que exalta la nitidez -para que el mensaje quede bien claro, claro, y la creatividad artística (¿?) tenga su lugar-. Diseño de buena conciencia, que le dicen. Lo del Bigelow da para seguirla por otra parte, sumado a (o no) lo de Godard, Kapó y la crítica del Amante.

  3. De mi parte, cuando vi la foto me enganché en seguida con la campera de la selección argentina de fútbol. ¿Un efecto inverso de la construcción de sentido que propone la globalización?

  4. Sí, es para nada curioso ya que -más allá que WPP tiene diferentes “ternas”- las premiadas terminen siendo fotos generadoras de la exaltación de la miseria, imposible despegarse de la dualidad ética/estética. Aunque puede ser propia del espíritu de época. Por otro lado, llama la atención la campera, sí. Aquí me agarro de Renato Ortíz: en términos de globalización de la economía y mundialización de la cultura, todo puede ser. Saludos.

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