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 Por Mariana Espinosa

Víctima de soledad 
víctima de un mal extraño
mi corazón se ha partido en dos.
¿Quién te ha visto y quién te ve?
Quién te ama te hace daño
mí corazón se ha partido en dos
veo esa sangre en la pared
iluminó mi ser
algo va a caer 

Charly

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“Debe ser difícil en el norte, los tipos son más conservadores” me dice Ignacio, un amigo de un amigo de Buenos Aires, que estaba pasando un mal momento porque su novia lo había dejado hacía dos día, luego de haber “mirado” el Facebook y “visto” que él tenía otras relaciones amorosas.

Otra situación: Juan, boliviano-suizo de diez y siete años. Volvíamos en el mismo colectivo de la Quebrada camino a Bolivia entrando por Yacuiba: “cuando conocía una chica lo primero preguntaba, si era porteña o del norte, las chicas porteñas son más pilas, más abiertas que las del norte”. Luego comentó que había visitado Buenos Aires a fines del año pasado y había asistido al 8N: “la presidenta de ustedes es muy autoritaria, hace lo que quiere y como quiere”.

En todos los casos, un prisma que refleja, refracta, descompone y vuelve a componer la misma luz. Sólo quisiera saber que estamos en el mismo registro: Ignacio un chico del sur que ahora vive en Buenos Aires, sufriendo porque su novia lo “dejó”, dejando a un segundo plano el haberle ocultado y mentido que tenía otras relaciones –algo que no entraba en el contrato- me habla de ‘machismo’ norteño. Juan, que prefiere estar con chicas porteñas porque son más “abiertas” que las norteñas, no le agrada que la presidenta de los argentinos “haga lo que quiera…”. ¿No observan una tensión? una tensión en diferentes planos entre un sujeto masculino y los signos y gestos de una femineidad (que en este caso son cuerpos anatómicamente de “mujeres”, pero que bien podrían ser otro el caso, porque a claras que las chicas no somos solamente victimas de la violencia de genero -algo evidente, pero que es bueno recordarlo y retenerlo-).

No se atajen que no voy a escribir sobre los santiagueños, ni la “santiagueñidad” palabra que detesto por su obvio escencialismo, tampoco criticar el famoso patrialcalismo norteño como quizás quiso hacer Ignacio. Sólo tengo ganas de pensar algo que me convoca, que me interpela, no? A quién no? Más aún, luego de leer en más de un comentario de facebook “esto no tiene por qué ser así” y otros etcéteras. Ni hablar de los femicidios, las maritas veron y el sistema jurídico con su lenguaje categórico, sus grangrenas y sus portavoces pingüinos y tanta cosa, no?! Igual, no es irse a la mierda o al extremo, son lamentables síntomas de estructuras de relaciones sedimentadas, estructuras también engrangenadas de las que tod@s, o la mayoría, colaboramos matutinamente o los domingos como reporteros del Nuevo Diario, El Tribuno, La Voz del interior, El liberal! Cómo olvidarnos del decano del norte, somos todos reporteros, algunos freelance, otros con contratos de locación y otros, lo que han tenido suerte y ganaron un concurso, se quedaron en la bien y módica estructura de violencia de género.

Al fin al cabo de lo que hablamos es de subalternación simbólica o real del ser del otro. Dentro de todas las formas culturales y situacionales de esta relación desigual, Rita Segato, hace hincapié en la “violanción cruenta”, que más aquí del lenguaje jurídico la autora se refiere a ella como el uso y abuso del cuerpo del otro, sin que éste participe con intención o voluntad comparables (2003: 22) No estando muy lejos, en este texto, de la tradición durkheimniana, Rita plantea que es convocante estudiar esta forma de violencia porque en su extremidad, recurrencia histórica cultural y aparente irracionalidad –agresión por agresión misma- pareciera estar más cerca del germen de la violencia, cerca de la célula madre[1]… “de improviso un acto violento sin sentido atraviesa a un sujeto y sale a la superficie de la vida social como revelación de una latencia…”. Y con esto entramos directamente en el núcleo que permite a Rita desarrollar su argumento y a mí pensar un poco en esto.

La violación no es un fenómeno exclusivo de la modernidad y la urbanidad, la bibliografía dio pruebas históricas y etnográficas de su universalidad en tanto experiencias de subyugación de la femineidad, basta recordar el Naven, ritual de extrema complejidad social, estatus y sexual que Bateson estudió. Ahora bien, Rita se pregunta, “si la cuestión territorial o de estado en la cual de inscribe la violación en las sociedades pre-modernas, o el carácter de domesticación de la mujer insubordinada que asume en las sociedades tribales, están muy distantes de la experiencia urbana contemporánea (…) podría tratarse de una conducta referida a una estructura que, a despecho de la variación de sus manifestaciones históricas, se reproduce en un tiempo ‘monumental’” (Segato 2003:26).

En la historia de la humanidad, las experiencias tribales empiezan a modificarse con el corrimiento de los umbrales de derechos, en nuestro caso, como del eje Sur, con la descolonización se inicia un nuevo proceso. La mujer se transforma en sujeto de derecho a la par que su compañero, sin embargo en muchas legislaciones el argumento a la acción de punición contra mujer se argumenta con figuras como “la ofensiva a la honra” o “a las buenas costumbres”, lo que deja entrever la latencia de la relación desigual entre géneros y el valor superlativo de la “polis” en detrimento de ser femenino.

Pero, entonces… de dónde esta estructura en latencia? Rita trae a Carole Pateman la conocida cientista social y feminista y su obra The Sexual Contract traducida al español en 1995, aunque la obra es un poco anterior. Allí, Pateman, desafía – a mi juicio- buena parte de la tradición viril de las ciencias políticas. Piensa la llegada de la modernidad no como la apertura a los derechos a la mujer sino como una reorganización de la estructura patriarcal, el nuevo contrato social en la modernidad instituye y oculta la histórica subordinación. De lo expuesto por Carole, Rita retiene una interesantísima precuela de la sociedad. En la misma, se mitiga ya no sólo a los famosos contractualistas que aprendemos en las escuelas, sino un poco a Freud, Lacan incluso a Lévi-Stauss: la idea de que, no es el parricidio el acto violento que funda la vida en sociedad y luego da paso al contrato entre iguales, sino que habla de la posibilidad de la dominación del patriarca como la primera violación en el sentido de apropiación por la fuerza de todas las hembras de la horda, este es el crimen que da origen a la primera ley, esto es, la ley del estatus, del género.

La ley de estatus desigual de los géneros es anterior al contrato entre hombres derivado del asesinado del padre. Allí está la estructura como una latencia detrás del nuevo contrato, que no corta con la ley del estatus al poner a la mujer bajo el dominio de un hombre signatario del nuevo régimen. ¿La facilidad con que se rompe el contrato de igualdad de géneros, acaso no habla de la fragilidad estructurante de la nueva sociedad de derechos?

La investigación es extensa y empíricamente se centra en los discursos de presos, condenados de violación en Brasilia (DF de Brasil). En los argumentos, repasos, explicaciones varias, de los acontecimientos trágicos que perpetraron, se observa esa estructura inmemorial en forma de una tensión existencial entre la sociedad de estatus desigual del género y la moderna actual sociedad de derechos ampliados. Básicamente los argumentos se reúnen en tres, lamentablemente paso a resumirlos drásticamente: a) Como castigo o venganza contra una mujer genérica que salió de su posición subordinada y tutelada en el sistema de estatus, como mostrar signos de sociabilidad y de una sexualidad gobernada de manera autónoma[2]; b) Como agresión o afrenta contra otro hombre también genérico, cuyo poder es desafiado y su patrimonio usurpado mediante la apropiación de un cuerpo femenino o en un movimiento de restauración de un poder perdido[3]; c) Como una demostración de fuerza y virilidad ante una comunidad de pares, con objetivo de garantizar o preservar un lugar entre ellos probándoles que uno tiene competencia sexual y fuerza física. En muchos de los testimonios persiste la intención de hacerlo con, para o ante una comunidad de interlocutores masculinos capaces de otorgar estatus al perpetrador[4] (Segato, 2003:33). Por qué isolamos tan rápidamente al verdugo, acaso no está dialogando con alguien y/o con algo? Alguien o algo que está o no en su imaginario, en su repaso de hecho, más o menos verídico o fantasioso del caso. Quién es ese alguien, qué es ese algo?

No es mi propósito entrar en la culpabilidad y las condiciones jurídicas de estos sujetos condenados por perpetrar una violencia extremadamente cruenta. Sólo intento convocarnos y convocarme a pensar las posibles complejidades del caso. Tal vez para dejar de decir tan liviana, cansada y sarcásticamente “esto también es violencia (¿?)” o apuntar confrontativamente a los chicos y chicas de sexualidades centrales haciendo catarsis de identidad nosotr@s. Tal vez para que entendamos que la violencia es sentido y práctica social por lo tanto no subjetiva sino inter-sujetiva, como dejan ver los argumentos!  Quien agencia violencia contra las formas de femineidad dialoga con otras masculinidades y con una estructura de relaciones altamente sedimentada, arcaica y de un tiempo independiente, inmemorial… al menos en el sentido de que para que sea tan eficaz simbólicamente fue olvidada por nosotros mismos.

Para qué sirve la antropología en todo esto? Si aceptamos la tesis de Carole y el análisis de Rita, la tarea antropológica puede tornar inteligible las formas culturales de esa latencia, en términos de configuraciones culturales, es decir, innumerables elementos de diferente tipo que guardan entre sí relaciones de diferencia, oposición, complementariedad y jerarquía … (Grimson 2011:195). Y también –y no en segundo lugar- para ayudar un poco a que la femineidad continúe construyendo su propia historiografía, su propio mapa de desposesión y conquista de Ser Otr@.  • Revista CABEZA.


[1] En Las Formas Elementales de la Vida Religiosa, E. Durkheim justifica su opción por el estudio de la religiosidad de los indígenas australianos -no sólo por la conocida frase que de “no existe religiones falsas”, sino- en términos de un sano cartesianimo que busca las formas simples para comprender luego el desenvolvimiento de las más complejas. Claramente, no es este el ejercicio de Rita, pero si su intuición antropológica por la comprensión de las formas elementales de una estructura social tomando un hecho que en apariencia irracional pero profundamente dialógico.

[2] “Sólo la mujer creyente es buena”. Palabras de un preso, entrevista de Rita Segato.

[3] Esta línea discursiva es más común en situaciones de invasión a otras naciones, de apartheid racial y extrema marginación social.

[4] “yo no fui”, “yo fui, pero fue otro que me lo hacía hacer”, “había algo, alguien más”. Palabras de un preso, entrevista de Rita Segato.

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