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Por Omar Layús Ruiz (@NOLachus)

Decidí seguir con las bermudas –uniforme obligatorio de la vacación estival- pero no me le animé a las ojotas cuando me anoticiaron que me había tocado en suerte llevar a mi hermana menor al festival de La Salamanca, festividad folclórica y calurosa de más de 20 años de trayectoria, que le debe su nombre al sitio por antonomasia del catálogo de leyendas de Santiago del Estero. Lugar de reunión de diablos, brujas y duendes pasándola bomba en un dancefloor eterno y socarrón.

En la guardia por el artista que mi hermana esperaba, envuelto en un calor agobiante, con varias botellas de agua mineral, un par de gaseosas de medio litro y un vaso de cerveza milagrosamente fría y poco éxito en el panorama gracias a la sobreventa de entradas, tuve la suerte de escuchar por primera vez en vivo al Dúo Orellana-Lucca, formado por Manuel Orellana y Rodolfo Lucca, con cuatro discos editados: dos como “Presagio”, uno como “Dúo Terral” y “Habitantes de mi tierra” editado en 2013 bajo el nuevo alias tras agotadores problemas de registro de marca.

El dúo le propone un sonido particular al género folclórico, que si bien arrastra similitudes con otros compañeros de generación como Claudio Acosta, Raly Barrionuevo y El Vislumbre del Esteko -todos acompañados por el espíritu del genial Jacinto Piedra- genera una atmósfera de comunión entre el costado más progre del género y las ramas más tradicionales. Al acostumbrado sonido criollo el grupo le aporta instrumentos de la formación del rock clásico (guitarra eléctrica, bajo y batería). Manuel –entre una Fender clásica y una Telecaster con cuerdas de nylon- apoya su sonido distorsionado en la guitarra de Rodolfo, que no cambia de instrumento y empuña la criolla durante todo el set, y el convoy de bajo, batería e instrumentos de percusión que terminan de definir el sonido del grupo. Es un punto extra para Orellana-Lucca que el uso de la distorsión no es excesivo, sino que acompaña el ritmo de las canciones. Desintegra el recuerdo de encarnaciones lamentables que buscan adaptar el sonido folclórico a encuentros rockeros  de la mano de un pedal de efectos y un par de gritos. “Se nota el laburo”, como se sabe decir.

El vivo desnuda las virtudes y las falencias de los grupos, y Orellana-Lucca la tiene clara. Desparrama equilibrio y fuerza, y exprime la cadencia ajustada de las canciones en un territorio tan particular como el folclórico, que sumado a la instancia festivalera donde la algarabía prehistórica parece superar la búsqueda por un sonido ajustado, con un público que no pretende más que celebrar el gesto popular. El prejuicio por el folclore como por cualquier expresión popular aporta en cero y atrasa medio siglo, casi al mismo nivel que la motito cruzando en rojo, el nuevo rico en 4×4 cruzando en rojo, o bien la no-cola que espera del bondi. ¿No es acaso el rock otra manifestación popular al mismo nivel que la cumbia? ¿No se cansan de hacerle el juego a la kultur adorniana? Yo ya me cansé, hace rato.

Revista CABEZA: Existe una generación de folcloristas que promueve la idea del folclore como “expresión auténtica o pura” de la cultural local ¿Qué opinás al respecto? 

Manuel Orellana: Hay muchos a mi parecer. Creo que la mayoría de los folcloristas expone sus vivencias autóctonas y las representa en otros lugares. Sería como sacar desde aquí lo que tenemos para dar afuera.

RC: Sobre la misma cuestión ¿Qué parte es mito y qué parte realidad dentro del folclore de la idea de “la defensa de lo nacional” y “lo foráneo”? 

MO: Creo que eso quedó en el tiempo. La generación actual deja entrar mucha música extranjera y nosotros también exportamos nuestra música y raíces a todo el mundo. Antes el folclore era más cerrado y no era tan fácil relacionarse con lo de afuera. Hoy en día uno elige lo que le gusta, de cualquier punto del mundo. Algo que digo siempre es que no me molesta que los jóvenes de mi generación escuchen otra música, sí me molesta que no conozcan nuestra música, la de nuestra tierra.

RC: En vivo tocás la guitarra eléctrica en gran parte del recital. ¿Qué papel juega la distorsión en la música de Orellana-Lucca? 

MO: Creo que la influencia que tenemos del rock está relacionada con lo que nos criamos escuchando, en mi caso desde folclore a rock y otros ritmos. Una canción de Atahualpa Yupanqui con distorsión lo dice todo también, como lo que hace Divididos (Refiriéndose a la versión de “El arriero”).

RC: El homenaje a Jacinto Piedra es permanente en artistas como Orellana-Lucca, Raly Barrionuevo y Claudio Acosta ¿Crees que existe una suerte de folclore “combativo” o “progresista” dentro del género? 

MO: Para mi Jacinto fue un quiebre importante para el folclore. Por ejemplo, antes una chacarera empezaba hablando de una flor y terminaba hablando de la flor, en cambio escuchar a Jacinto en “Chacarera del amor” o en “Chacarera del cardenal” es escuchar varias canciones en una sola, sumándole a la mezcla de instrumentos eléctricos, que fueron los que cambiaron el sonido del folclore. Incluidos Peteco Carabajal, Horacio Banegas.

RC: ¿Los viejos folcloristas respetan o se niegan de las ideas y los sonidos de las nuevas generaciones?

MO: Creo que los músicos de antes ya respetan a las nuevas generaciones. Nosotros seguimos escuchando y compartiendo escenario con tradicionalistas que tocan con guitarras criollas sin “bártulos” como dicen algunos. Saben que todo evoluciona y que las generaciones como la nuestra no van a dejar que sus canciones se pierdan nunca. “Las viejitas”, esas que nos gusta cantar de don Sixto (Palavecino), don Carlos Carabajal, Andrés Chazarreta y un sinfín de viejos autores. • Revista CABEZA.

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