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Por Pupi Quiñones. Año 2011. Pocos saben de aquel semanario radial, de esa aberración que había durado un par de decenas de emisiones y que panchamente desapareció, sin dejar rastros ni rencores. Despedida inusual que sospechosamente incrustaba una sonrisa de oreja a oreja que no perenne en sus hacedores. Claro, ya se había sembrado la semilla, ya se había sentado el precedente, ya se había hecho demasiado ruido, tanto para los que nos gusta y para los que les lastima el oído.

Ya se había abierto el portal.

Millares de horas escarbando la contracultura, para descubrir y comunicar la fuerte posibilidad de que el santiagueño ya no estuviera tan cómodo con la idea de que las lechucitas y tribales pintaos en barro formaran parte indispensable de nuestro imaginario. Ni hablar de que hayan pasado a ser una cuestión de Estado y, claro, de ese micromenemismo irreversible al que nos sometemos diariamente llamado actividad privada.

Fomento descarado a la intolerancia, a la inocentemente desestabilizante noción de pluralidad, torpeza que supimos apelable desde el primer envión. Exprimimos a más no poder los beneficios de nuestra inimputabilidad con la conciencia de que nuestra tregua volvería en cualquier formato, avalado por la buena onda de gente del medio que se había copado con el concepto.

Jugamos con la idea de “fest” el año siguiente y sólo nos propusimos generar un espacio para compartir nuestras frikadas con los más frecuentes. La gama de matices  del evento fue mutando desde una mateada veraniega a orillas del Mishky, pasando por el montaje de un precario escenario de ladrillo hueco, hasta ser acreedores de una humilde psicodelia que, entre bromas, no estimábamos que surtiera mayor efecto que una pepa genérica.

Pobres diablos.

Los resultados hicieron que se nos borrara la mueca burlona y el chiste devenga en ese surrealismo vívido que hizo de aquel encuentro el mito que corrió en el boca a boca de los no tan pocos que lo presenciaron. Más de un centenar de caras rotando durante la noche haciendo de nuestro gran agasajo etílico un triste copetín que tuvo que ser reforzado con la pasada de una gorra. Muy a pesar de los traspiés técnicos que hicieron a nuestro carácter de rookies, la zappada fue interminable y no nos dejó margen para introducir a los que iban subiendo, en el escaso momento que pudimos quedarnos quietos.

Recién durante la resaca posterior pudimos caer de lo mal que había salido todo y de lo incoherente de la repercusión que tuvo. Nada importó, nada pudo detenerlo, nadie aceptó la anticipación como garantía. Nadie quiso garantías.

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Caer en cuenta de esa loca mecánica lo fue todo.

El agite por el repechaje comenzó unos meses antes de irse el 2012, ni que Nostradamus y los mayas hubieran comprado acciones en Apple. De ahí en más, nos bastó con un par de insinuaciones de humor herméticamente interno y, por si fuera poco, fogueado sólo con incómodas referencias políticas que desafiaban el formateado conciente colectivo, guiño cómplice para los que nos conocían el pedigree. Un flyer sobre la hora y después jugar con el hambre de under por el que Santiago y sus artistas diezmados no reparan en sacrificar la tan ensayada pose estelar que la cultura monopólica les ha censurado. No importaba, si estábamos en confianza. Total no era un concierto de rock, ni siquiera una fiesta privada, aunque las individualidades hayan sugerido que se habían repartido invitaciones especiales. Pero no.

Esta vez intentamos estar a la altura, esta vez teníamos la fascinación de Gollum, esta vez la leche era inmensurable y no queríamos cagarla. Más que el compromiso nos impulsó la cholulez de ser un puto groupie de todos y cada uno de los que pisaron ese escenario por más cursi que suene.

Trece bandas en un día, ¿acaso parece ser la mesura nuestra virtud? No. Si hasta inflamos el pecho con la ingenua seguridad de haber garantizado la tocada y cuando menos nos dimos cuenta teníamos la cara pintada por ese montaje de grandes ligas que los protagonistas habían ofrecido “a la canasta”.

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La avasallante visual del colectivo Pri con Pri, Kuriaki Ramos, el espacio de arte Ossobuco, los bichos que asechan los días de Esteban Páez y son merecidamente encarcelados en los cuadros de Pow Urbano, el progresivo graffiti hermosamente blasfemo de Viki Bravo y el incansable agite de look pomposo de la dupla anfitriona Lissi-Bianchi sirvieron de batacazo y cimiento del por qué de este ritual, masterización impecable de esa desafinada oda a la diversidad que siempre soñamos que se convirtiera en hit. Jamás se trató de una “tocada”, y eso que se constituiría en plato fuerte.

La presencia era ya masiva y el chamuyo de tener tantos grossos en escena pudo ser desmentido de manera tajante en el principio del concierto, con la zappada increíble de Marcelo Tiberti, quien no obstante fuera complementado por uno de los mejores bajistas que conocemos: Pinto Sandoval. Así, sin previo aviso. En igual condición, tocaron los felizmente ruidosos Huaicont, quienes no aparecían en la grilla, pero llevaban meses siendo cebados para acompañarnos. Más de uno quiso un respiro para su violencia, pero no hubo tregua: era el turno de aquel gordo currículum vitae de rock local denominado Sapere Aude, a quienes también tuvimos el privilegio de tenerlos en ese patio de Maxi Sack que gracias a las jugadas fotos de Vane Carlon y Sebas Orosco parecía el puto Woodstock. Si hasta Ale Cesca se volvió a copar con su tan íntima como escurridiza sesión de lomografía. Sacala, si puedes. Los finales de las canciones se caracterizaron por el sonido de un plato frenado bruscamente y la exhalación colectiva. Una enfermedad.

La tregua llegó finalmente, de mano de 11-S, agrupación liderada por Cristian Castellanos, quien no se bajó de cartelera a pesar de la indisposición de su tecladista y, acompañado de Martín Albano, dibujó en el aire interesantes alternativas de canciones de Eels, Radiohead y Satriani, entre otros. Otro de los ahijados de la franquicia zerocriteriana que volvíamos a abrazar.

La posta es que no había grilla, y fue definiéndose en la medida que las bandas se acomodaban ansiosas en la gatera y queríamos que fuera lo más esquizofrénica posible. En la mitad de la noche, se dio algo que podría haber atentado nuestros planes: las agrupaciones de hiphop tocaron una seguida de otra, pero, como a propósito, estaban prestas a demostrar su versatilidad dentro del género. Arrancaron nuestras mimadas, uno de nuestros tantos comodines, ese rumor del femme rap que pisaba fuerte con más de un elemento de la cultura que representaban: Valkirias desplegó su repertorio, fresco como el aerosol con el que acababan de rociar la pared, y pudieron encontrar eco en las féminas del público que no demoraron en pasar al frente. Luego vendrían los padrinos de la movida, el mítico CXL Clan, con el old school cojudo que sustentan con ese scratch del bueno. Una tocada épica, esperada por años, con toda la clicka. Las fotos lo gritan y ellos lo confirman.

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Después no hubo remanso, la adrenalina hecha eco deambulaba entre los presentes mientras se escuchaba un hihat y una guitarra siendo preparadas para una nueva presentación. Lo que nadie pudo preveer es que la dosis de hip hop no había terminado. Se trataba de Nava Rasa, animales de rap que aún con un tercer disco en puerta, no sólo nos adelantaban canciones de un cuarto álbum sino también nos brindaban el privilegio de husmear en lo novedoso de su nueva formación de beats artesanales. Intimidad de flasheos cannábicos que no dudaron en ofrendar.

Carácter lúdico que no podía ser mejor complementado que por los cada vez más osados Invid, quienes se constituyeron en relojes solares de esa mañana que entraba tímidamente, como disculpándose por irrumpir en aquel interminable clímax. Empezar de noche, terminar de día, que te tome por sorpresa, nada más especial.

A esa altura ya deberíamos de estar atomizándonos, pero nadie quería soltar prenda. Todos nos colgamos de las tetas del fresco y esperamos, con la poca pulcritud que nos quedaba, a que se nos represente como el buen sindicato que formamos el casi centenar de cueroduros que quedamos. Y ahí estaba, había quórum para la presentación unipersonal, como todo líder, de Juampy Ramírez. Versátil como él sólo, sació nuestro antiguo antojo de escuchar en vivo sus composiciones, sintetizando así la premisa que embarcamos desde un principio.

Con un esqueleto deschabado por la luz del día, desnudo de su caleidoscopía  inicial, aunque perfumado con rocío matutino y pequeñas vertientes de humo sacro, el colectivo Pri con Pri distaba mucho de renegar de sus carencias lumínicas y se constituían en bonus track. Zapada empática para con los músicos que morían por ser parte de eso tan grosso que se había logrado. Hipnosis manifiesta en los arreglos instintivos, propios y ajenos, que formaron ese todo tan característico de su espectáculo. Suponemos, en nuestra corta percepción, que materializaron ese abrazo contenedor con el que rodearon a los protagonistas por el lapso que duró esa velada. Sublime.

Ahora.

Ahora es la cagada. Ahora es que caemos de lo relativo de contarlo, del pecado capital de lo subjetivo. Ahora es cuando nos disculpamos por no ser suficiente fieles con el relato, a pesar de…

Pasa que es imposible no ser cursi, imposible ser objetivos con los relatos infantilmente abatatados con los que los que los artífices de esa fiesta intentaron describir sus sensaciones. Con esa resaca XXL que aún nos dura.

Sólo sabemos que esto crece, que podemos estar a la altura, que Santiago tiene un espacio, que esto que hacemos ya no tiene caras visibles. Que todo esto se va al carajo y con la chochera que eso acarrea. Que es tiempo de dar por culo los estándares, que hay que dar paso a que las movidas se equiparen, que aún no es tiempo de ser críticos.

Que esperamos se torne innecesario tener que contarlo. • Revista CABEZA

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Un pensamiento en “2F: Perdedores Hermosos

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