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Por Omar Layús Ruiz (@NOLachus)

Con tonada de Forrest Gump puedo decir: en Santiago del Estero no hay disquerías como la gente. No las hay en el sentido ideal de la expresión: local comercial preferentemente céntrico que vende CDs de música. Sí hay un Musimundo, lugar en el que los discos dejaron de ser vedette de la mano de la crisis de la industria discográfica y la explosión de las descargas digitales vía Napster primero, luego a través de sistemas P2P tipo Emule, Ares, Soulseek, etcétera, hasta la llegada de los Torrents. Musimundo es lo que antes era Red Megatone, comercio que después de un estudio de mercado realizado hace unos tres o cuatro años que indicaba que a los clientes los agotaba recitar “Red Megatone” y les venía mejor “Megatone” empezó a llamarse así, a secas. El año pasado, Electrónica Megatone y Carsa S.A. compraron la cadena de disquerías en 15 millones de dólares, haciéndose cargo además, de una deuda de otros 250 millones. De ahí el bajo precio de la compra.

Como muchos, el caso Musimundo es otro ejemplo de una empresa grande comiéndose a una más chica, y llevándose puesto todo, incluido ese catálogo A5 en papel ilustración de 70 gramos que te tiran por debajo de la puerta o directamente en la vereda. El mix incluye televisores, telefonía celular, licuadoras, computadoras, equipos de audio, depiladoras, etcétera. La transacción no pareciera ser un negoción para la ex Megatone a causa de la decadencia del soporte fonográfico ante la hegemonía del mp3. Sí lo es quedarse con el nombre y la base de datos de casi 200.000 clientes, para poder hacer fuerte el ingreso a Capital Federal.

En Santiago del Estero, el “sector Musimundo” llegó para quedarse con un tercio del local del extinto Megatone. Después muy poco ha cambiado. Nada. El tercio que me interesa tiene ocho o diez estanterías o exhibidores destinados a la tercera encarnación de Musimundo: consolas de  videojuego y sus respectivos juegos, películas en Blu-Ray y DVDs; y CDs de música, que están repartidos en “Intérprete en castellano” “Folklore”, “Internacional”, “Varios”, “Musicales”, “Rock en castellano”, “Infantiles” y “Cumbia y cuarteto”.

Como todo monstruo de la venta, donde cada artículo parece limitarse a ser un código de barras detrás de otro y el flaco que te atiende a desgano apenas entiende la diferencia entre George Harrison y Harrison Ford, todo queda a tu suerte. Podés conseguir –por ejemplo- las reediciones africanizadas de los discos de Soda Stéreo (esas de un packaging deprimente y un diseño aun peor), o Charly García, o Queen, bastante baratas. Con incredulidad podés encontrar la edición 40 aniversario de “Some girls” de los Stones, llevarte por cuarenta y pico de pesos joyas indie como los primeros discos de The Smiths o “Marquee Moon” de Television. O porqué no hacerte de una pequeña colección de recopilaciones tipo Music Brokers de varios géneros como Jazz y Blues. Se destacan detrás de un mostrador, siempre protegidas de las feroces manos de los comensales, algunas ediciones de lujo y ediciones en vinilo que tienen como público destinatario algún melómano perdido.

La parte triste reside en el desorden. Es cierto que un vendedor prefiere la comisión por la venta de una PS3 o una Minipimer a los 60 pesos que cuesta el último disco de Vicentico. Es verdad que prefiere pasarle la franela a un plasma de 42 pulgadas a sacar a Ella Fitzgerald del fondo más profundo de la batea de “Cumbia y cuarteto” y ponerla donde se merece. La decadencia de los estantes termina desnudando una transacción accionaria que solo tuvo como objetivo el desembarco definitivo en Buenos Aires.

Muchachos, un poco de orden. No les pido que venga Rob Gordon a explicarme las bondades de llevarme “The piper at the gates of down” de Pink Floyd ni mucho menos. ¿No les duele aportar a la decadencia de la crisis discográfica? La cajera me va a preguntar “¿Te ayudó alguno de los chicos?” todas las veces y te juro que me gustaría decirle que sí por lo menos una vez. Un poquito de orden, por favor, que se me hace tarde y se me va la niñera. • Revista CABEZA

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Un pensamiento en “Surfing the warm industry

  1. La disquería en Santiago… es algo que ha muerto apenas se estaba hiriendo en otros pagos. Por un lado la cuestión económica (no hay para pagar CDs), por el otro la cultural (no tengo porque pagarlo si me lo puedo bajar); ambas totalmente definitivas y exageradas. El desamor por el disco-objeto es algo que lo vivo desde mi propia casa asi que no creo que hablando de “lo cultural” esté siendo despectivo; falta una dosis muy grande de romanticismo, de fanatismo, de ser “melómano perdido” para que esa industria florezca. Justamente por eso creo que la disquería aquí solo puede existir como un emprendimiento romántico (ponele) de alguien que quizás no lo necesite para vivir, o un entrepeneur muy jugado que quiera sacar algo con el vinilo, el importado, el difícil de conseguir, el gigantesco sobreprecio (esto último como lo hace la única disquería en Santiago -especializada en géneros autóctonos- con discos cuya producción sea fuera de las cuatro avenidas).

    Una batea desordenada de discos es una invitación a no consumir, entendiendo el consumo de música como esa cosa bastante diferente a que un mismo ritmo remixe y engance dos canciones completamente distintas (acepción que dista de ser la única: hay otros tipos de consumo, claro). Creo que lo único que puede salvar al rubro es eso; amor por lo que se vende, en un local muy, muy pequeño.

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