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Por Esteban Brizuela (@brizuelaesteban)

En el medio del patético bolonqui que se generó a fines del año pasado con Ricardo Darín, escuché una entrevista radial que le hicieron al actor y allí  le formularon una pregunta corta, sencilla, pero profunda: “¿valió la pena?”. Y el tipo contestó que sí.

Esa es una pregunta que uno siempre se hace. ¿Vale la pena? ¿Vale la pena trabajar en tal cosa? ¿Vale la pena hacer tal esfuerzo? ¿Vale la pena seguir viendo a tal persona?  ¿Vale la pena seguir aquí? Las respuestas varían, por supuesto.

Y este interrogante, “¿vale la pena?”, en algún punto está vinculado con lo perdurable. Por lo general lo que va a perdurar es aquello por lo que vale la pena jugarse.

Yo siempre me pregunto si tantas notas escritas en mi paso por el periodismo valieron pena. Si hay algo ahí que tenga aunque sea un mínimo grado de perdurabilidad, en el buen sentido de la palabra, porque lo nefasto también perdura.

Si tuviera que pensar hoy, cuando ya no me dedico a este oficio, en algo perdurable que haya hecho en periodismo aparece una sola cosa. Pero no porque todo lo otro haya estado mal, sino porque es lo único que generó un efecto que pude palpar en los lectores. Mirándolo desde ese punto de vista, desde la reacción-devolución de quienes leían, un punto altísimo fue la creación de un personaje llamado Tomatis. Aparecía semanalmente en una sección que bauticé como el “Yo acuso”.

¿Qué era Tomatis? Un personaje, no muy original. Un viejo desencantado con la vida cuyo mayor placer era estar en algún bar de la plaza Libertad, sentado al lado del ventanal, mirando los trastes de las chicas que pasan por ahí. Un escéptico. Divorciado tres veces, un poco atrevido y con un concepto bajísimo de la condición humana.

La idea se me ocurrió una noche de enero-febrero de 2007. Estaba con Fernanda, con quien después me casaría, comiendo un lomito en Isidoro (o un tostado, o qué se yo), un bar del Parque Aguirre. Y se lo comenté. Yo venía de leer “Lo imborrable” de Juan José Saer, una novela que me fascinó. Su personaje principal, Tomatis, había despertado mi inspiración.

Yo quería ser Tomatis.

Con la venia del director y un compañero de redacción, comencé con las notas. La primera reacción que me dio alguna pista de que estaba escribiendo en un registro que hasta ese momento no era el mío, es que mi vieja, eterna lectora de las pavadas que escribo, no se dio cuenta que yo era el autor. Buena señal.

Después empezaron las repercusiones. Escuché un par de comentarios en la calle. Un día, cuando no sé por qué razón NO salió la columna de Tomatis, el quiosquero –sin saber que yo era el autor- me preguntó cuándo volvía este columnista. Le respondí, con una satisfacción enorme, que pronto.  Había un tipo que esperaba lo que escribía.

Otro día llegó un mail con pseudónimo al correo de la revista. Estaba dirigido a Tomatis y escrito con una prosa cuidada. Era alguien con buenas lecturas, con formación literaria… se notaba en la escritura. Y era bastante halagatorio. Decía, palabras más palabras menos, que se notaba en Tomatis un estilo. Todavía me arrepiento de no haber guardado ese mail.

El personaje había adquirido vida propia, y estaba lejos de ser una imitación del personaje de Saer. Terminó siendo otra cosa.

Cuando escuchaba a lectores de Tomatis contar que les gustaba y se reían con las columnas, no me daba ganas de decirles que era yo. Sospechaba que podía generar cierto desencanto (“¿este chango de lentes, grandote, y con pinta de serio escribe eso?”). Me alcanzaba con saber que tenía lectores en quienes generaba efectos, a veces la carcajada, otras veces la bronca. Porque Tomatis también generaba bronca. Tanta bronca generaba que hasta en una ocasión,  una compañera de redacción  se enojó conmigo por mis planfletitos.

Era muy lindo todo eso. Pero se terminó.

La inspiración comenzó a flaquear, la pereza física-mental hizo su habitual contribución y de a poco la sección “Yo acusó” desapareció.

¿Pero saben qué? Tomatis murió contento. Por eso tal vez un día de estos lo resucitamos. Revista CABEZA.

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2 pensamientos en “Tomatis y lo perdurable

  1. Pingback: Un libro imprescindible (*) | Revista CABEZA

  2. Buen texto, Esteban. Y concuerdo en que gran parte de la “gracia” de escribir está en que alguien (los lectores) te sigan el juego, y de algún modo haya entendimiento entre las partes. Saludos.

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