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Por Omar Layús Ruiz (@NOLachus)

Hace unos días, gracias al feriado de Carnaval, vi “The imposter” (http://www.imdb.es/title/tt1966604/) y confieso que odié verla. Me cayó mal desde que empezó hasta los títulos. Está bien contada, la edición es muy buena, sí, pero la odié en general. Odié a su protagonista Frédéric Bourdin. Odié su cara, su forma de hablar, su actitud, todo. Odié que un documental, género supuestamente encasillado dentro de la no ficción mostrara algo que abraza lo inverosímil, improbable, como esto.

Nicholas Barclay tenía 13 años cuando desapareció en San Antonio, Texas en junio de 1994. Cuatro años después sus familiares recibieron un llamado de la Embajada estadounidense en España, asegurando que Nicholas, quien ya tendría 17 años, había sido encontrado en una cabina telefónica en el pequeño poblado de Linares, huyendo de una red internacional de prostitución de menores que había acosado, abusado, deformado su humanidad.

Si bien después de googleár un poco te enterás que este Peter Pan de medio oriente es una rata profesional con un prontuario de decenas de identidades robadas –incluyendo un joven argentino hallado en Girona, España-, ésta aventura en particular se torna enfermiza (y calculo que por eso cinematográfica) en muchos niveles: Bourdin, francés de 23 años en ese momento, hijo de un inmigrante argelino, con un inglés precario y un desenfado conmovedor no había siquiera visto una foto del adolescente yanqui extraviado, caucásico, rubio como los Beach Boys, de ojos azules; que no lo detuvo de intentar salirse con la suya de nuevo.

Bourdin hincha el pecho, camaleónico, y suelta la lengua sediento del sueño americano. Se tiñe el pelo de rubio, se tatúa de manera similar a Barclay. Se siente George Washington Duke en Rocky V, cree que puede conseguir lo que busca, y lo consigue. De pedo, gracias a unas fotos que a modo de interrogatorio le son mostradas por agentes de la Embajada un rato después que la hermana del extraviado se las enseña, desesperada por llenar el vacío. Lo logra. Un pasaporte a la tierra prometida. A una vida. A llenar un hueco, varios huecos.

Con el paso de los días Bourdin se acomoda. Rodeado de lo que vendría a ser “su familia” el impostor intenta ganar terreno enfundado en la amnesia provocada por los sucesivos maltratos recibidos durante su rapto. Se mueve sigiloso por el vecindario, juega al básquet como todo pibe del suburbio, se sube al autobús amarillo con la sensibilidad de un púber semi-analfabeto y saluda nuevos desconocidos. Mira, lo miran. Hasta que en un giro hitchcockniano alguien mira demasiado: un detective privado de poca monta probablemente afiliado al partido Republicano llamado Charlie Parker (sí, pero no) empieza a querer saber más del nuevo. Revisa documentos, lo busca, lo fotografía, lo encuentra. La familia descubre al impostor, y aunque en un primer momento se niega, accede a las pruebas que terminan con la artimaña de Bourdin.

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El director Bart Layton, atrapa a un Bourdin que hace pensar en Michael Jackson declarando que solo quería meter en la cama a los niños, arroparlos y darles galletas y leche. El camaleón quiere una vida, cosa que según él no pudo tener de niño. Se aferra con espontaneidad apabullante al Nada que perder, aclara que no tiene nada que perder. Quizá lo que más me incomoda es eso, quizá la patología es mía. • Revista Cabeza

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