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por Gavy Yauzá.

Ese juego tuyo de mirar las cosas y hacer como que sabes lo que necesito, y decir que merezco ser feliz. Como si no supiera agenciarme un poco de tristeza. Debe estar mal sentir tanto, piensas, y no te sacas la ropa. Unos cuantos trapos son tan poca cosa para sostener la resistencia. Todo arrugados de tanto cuerpo apretado, nos volvemos a besar. Tu cuerpo es preciso y honesto. Una bragueta ardida requiere de una boca diligente. Violeta. Los paracaídas son de color violeta.

Es un poco decepcionante repetir la narrativa porno en este encuentro. Tal vez haya algún estudio que justifique ese orden en los menesteres amatorios. O tal vez sólo sean cuestiones higiénicas. Un viejo amante me ha contado los secretos de la felatio. O no, sólo ha tenido la gentileza de contar qué partes sienten qué cosas al contacto con tales otras. Así que no, esa alegría no sólo te la di yo. En realidad, las cosas son un poco azules en tu pieza. Le falta una maderita a tu ventana, y la cama está tan mal ubicada que la luz me da en la cara.

Hay cierto rincón de tu cuerpo que quiero para mí. Es como un tobogán. Mi mano se desliza, cae suavemente y vuelve a subir, por otro lado, claro. Siento las contracciones y los gemidos suaves. Quiero que el tobogán recuerde y extrañe mi mano. Ya sé que no está bien, que es un poco perverso, marcar un cuerpo ajeno, escribir en la memoria emotiva, sensaciones qvue después van a doler. Ya sé que no está bien. Pero estoy en tu cama, tan entregada y vulnerable, que no puedo evitar, lastimarte un poco. Suena algo que parece jazz. Tal vez alguna canción sobre ciudades viejas y solitarias.

Hace rato he decidido no leer indicios en cada detalle de las postales que me atraviesan. Menos mal, varias veces los objetos me han dicho:… condenada. Mienten. He acabado varias veces.

Todavía no sé si te amo, si te amaré por unos días, o toda una vida. Es demasiado pronto para pensar en la pérdida. No la tuya, claro. Sino en la mía. Los paracaídas, en cámara lenta, aterrizan en las sábanas que están tiradas al costado de la cama. Los veo envolver papelitos violetas, apurados, como si tuvieran que irse pronto, a pintar felicidad en otra fantasía, en otra cama. Saludo con la mano, sonriente, uno me mira, espantado. No saben qué hacer ante la ruptura del protocolo. Para no incomodarlo, hago como que no los veo.

La mínima tragedia que son tu cuerpo y el mío, rendidos, me ha destruido infinitas veces. • Revista Cabeza

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